
Hace unos quince años, la presencia de Yoandy Roche era notable para sus colegas y profesores en la facultad de Artes Visuales de la Universidad de las Artes (ISA). No era de esos individuos bulliciosos que pautan referentes conductuales, sino de aquellos que se distinguen por la energía y demandante constancia de su atención. Pasado el tiempo y puesto a prueba, es evidente que absorbió y metabolizó sus años de estudios superiores con una disciplina y devoción encomiables. Cuando en el espectro digital de las redes sociales redescubro al pintor de altos quilates en que ha devenido, no me asombra empalmar a aquel concienzudo discípulo con este que hoy narra una epopeya pictórica desde el centro de la isla.
La solidez técnica y discursiva en la obra de Yoandy, que medra en la periferia de cualquier circuito artístico merecedor de su calibre, se produce en momentos extremadamente desfavorables para cosechar talentos nacionales. No obstante, a 23 km al este-noreste de la capital provincial villaclareña, en una comarca de 2,98 km2 fundada hace 159 años, la condición creativa de este artífice se prefigura como el eco circunstancial del Renacimiento europeo. Tal como sucedía en las urbes italianas del Quattrocento, donde los oficios y las artes se entrelazaban en una cadena mercantil matizada por carnavales y festejos populares, Camajuaní, la localidad natal de Yoandy, forma parte de una red de villas interconectadas a la usanza de las ciudades-estado de finales del siglo XV. Desde esa perspectiva, y como si recortáramos acrónicamente este escenario del resto del mundo, tal parece que es aquí donde la civilización occidental va a germinar de la oscuridad medieval.
Mi interlocutor ha colocado lo humano en el centro del universo, un rasgo típicamente renacentista, solo que su narrativa tiene ganados cinco siglos de aprendizaje. Aquí son otras las razones que vienen a develar la construcción social del prójimo sobre su verdadera esencia, camuflada una y otra vez bajo las máscaras de las pretensiones. Para que esto suceda, no tiene que desviarse del circuito norte que enlaza Santa Clara, Remedios, Caibarién y el propio Camajuaní. Allí, a una escala que su formación no le permite desconocer los referentes universales del arte, y que en el mejor de los días cuenta con algo de acceso a internet, el cosmos de Yoandy se ha manifestado públicamente en series y exhibiciones como Despayasitado, de 2017; o la itinerante Laboratorio, de 2025 – 2026. En ese mismo perímetro, también ha corrido suerte con muestras colectivas que lo han llevado más allá de las fronteras provinciales, a Cienfuegos y La Habana.
Para un mundo atorado en sombrías resoluciones, la pauta creativa de Yoandy Roche Camacho se vislumbra con un sesgo de desacato, un intento de desenmascaramiento por desgaste —ciertamente traumático, como un parto—, que finalmente induzca a la gente a domesticar su condición animal en algo que trascienda la representación.
—Cuando coincidimos en el ISA, nunca sospeché que fueras autodidacta. Por tu dominio del dibujo, especulaba que procedías de la Escuela de Arte de Nivel Medio de Villa Clara, o la de Instructores de Arte, pero no que venías así, de flai, de la calle. ¿Dónde aprendiste las técnicas que tenías ganadas al comenzar tus estudios de Restauración – Conservación?
—Ni yo mismo sé, pero desde que tengo conciencia he dibujado. Lo he hecho como yo entendía el dibujo, aclaro. Me hubiera encantado estudiar en alguna academia de arte, pero, a la edad en que se estudia el nivel medio, yo andaba por las escuelas de deportes. Practicaba esgrima, específicamente. Lo que sí recuerdo es tener todas mis libretas de clases repletas de dibujos. Cuando una clase no me interesaba, se ganaba un dibujo. Nunca dejé de hacerlo, incluso de mayor, pero siempre con mi propia idea de lo que era dibujar: cero academicismos. Después una amiga me convenció para que me presentara a las pruebas de ingreso de la carrera de Restauración – Conservación en el ISA. Allí fue cuando choqué con el dibujo académico. Por supuesto, no pasé la prueba, pero me traje un referente visual de a dónde debía llevar mi dibujo. Para ese entonces trabajaba en el Museo Municipal Francisco Javier Balmaseda, en Remedios. Me encerraba en el almacén del museo a dibujar y trataba de lograr lo que había visto en La Habana. Cuando convocaron a las pruebas del año siguiente logré aprobar, y ahí comenzó en serio la cosa.

—¿Qué te aportaron los estudios superiores y la interacción con los colegas de la especialidad y de otras disciplinas artísticas, no solo para el oficio pictórico, sino para tu definición intelectual? ¿Valieron la pena aquellas jornadas lejos de Camajuaní?
—La vida en el ISA me llevó a otro nivel, intelectual y espiritualmente. Tuve profesores de excelencia en todas las asignaturas y talleres que recibí, incluyéndote a ti como profe de dibujo, en algún año de los seis que cursé. Allí comencé a sentirme como pez en el agua. La carrera de Restauración me permitió conocer de manera científica el comportamiento de los distintos soportes y materiales utilizados en las artes plásticas. Nunca más hice un dibujo en una libreta de clases; ahí todo me importaba. Pero había algo que me superaba, y era la necesidad de crear. Los debates bajo las cúpulas del ISA eran épicos, las críticas, el olor a óleo, la gente puesta para su obra; toda esa atmósfera hizo que yo me inclinara más por mi propia creación. Por entonces sólo dibujaba; te confieso que no sabía qué era un pincel ni un tubo de óleo ni nada de eso. Pero un día, un amigo, Radamés La O, artista de La Habana y compañero mío de aula, quiso, a modo de reto, que yo pintara. Me trajo un lienzo listo para pintar, óleo y pinceles, más una imagen que quería que yo reprodujera. Primero me negué, después me convenció. A modo de resumen, te cuento que el resultado fue un total desastre, pero también fue el despertar de todo lo que quería hacer, y comenzó una locura por crear que no ha tenido freno.

—Ya me adelantabas algo, pero tengo unos datos por aquí que me obligan a recalibrar tu pedigrí profesional en el más versátil y rico sentido de la palabra: esgrimista, músico, panadero, zapatero. ¿Cómo encajan estas prácticas con tu oficio artístico? ¿Los has ejercido indistintamente a lo largo del tiempo?
—Desde niño he sido hiperactivo, y la mejor medicina para eso es el deporte. Me enamoré de la esgrima, enamoramiento pegajoso que sigue hasta hoy. Desde los ocho o nueve años la estuve practicando hasta los dieciséis o diecisiete años. Después, por pruebas que pone la vida, y la inmadurez para resolverlas, tuve que abandonarla. En ese punto comenzó un sinsentido para mí, a una edad un tanto complicada. Entonces apareció la música, y mi refugio fue darle palos a una batería. Tocaba en algunos combitos locales y en el coro de la iglesia católica, de aquí de Camajuaní. Pero no ganaba dinero con eso y tenía que ayudar a mi mamá con los gastos en la casa, así que al ritmo de la música aprendí varios oficios. Trabajé como tabaquero, zapatero, en una talabartería, textilería, panadería —aunque en estas tres últimas no fue ejerciendo el oficio de cada una de ellas propiamente—. Todo esto fue sucediendo hasta que comencé a trabajar como conservador en el Museo Municipal de Remedios, junto a un excepcional colectivo de especialistas del que estoy eternamente agradecido. Siempre me apasionó la historia, y allí la historia se hacía tangible. A ese mismo ritmo dibujaba —te comentaba que lo he hecho en todas las etapas de mi vida—. Cuando estudiaba esgrima, pues dibujaba esgrimistas en determinadas acciones de combate; con la percusión sucedía lo mismo, y así con todo lo que iba viviendo y sintiendo, hasta que, al fin, el dibujo se impuso como algo inevitable; y a tanta insistencia, es lo que soy.

—El fundamento factual de tu obra es inequívocamente fotorrealista, aunque marcado por un extrañamiento en el empleo de las luces, los altos contrastes y la minuciosa porosidad de las texturas. Esto sucede, en el plano representacional, como resorte visual para que a la tela se asomen los retratos y máscaras que acompañan buena parte de tu obra, pidiendo recursos prestados del surrealismo y el expresionismo. Sin embargo, la pregunta esencial que te quiero formular en este sentido es una sola: ¿Por qué recurres al hiperrealismo y no a otro estilo figurativo?
—Siempre me he dejado llevar por lo que me apasiona y, en ese sentido, la pintura realista me fascina. Como te conté antes, a mi paso por el ISA estaba en pañales con relación a la pintura. Me convertí en una esponja, tenía información visual y conceptual de primera mano. Mis amigos artistas, como Alejandro Gómez Cangas, con sus majestuosas multitudes; Andy Llanes Bultó, con sus retratos a gran escala; y Joel González Pallerols, dueño de una pintura súper gestual, se convirtieron en mis primeros referentes. Después empecé a tener acceso a internet y me topé con obras hiperrealistas, como las de Gottfried Helnwein. No todo el hiperrealismo me gusta, pero las piezas de este artista sí. Se fue conformando en mi cabeza la visualidad que quería lograr. La tapa al pomo la pusieron mis visitas al Museo Nacional de Bellas Artes. Ahí se me explotó la cabeza cuando entré a la sala de Joaquín Sorolla; casi caigo arrodillado ante sus cuadros: el color, la luz; lo mismo veías la textura del lienzo que el empaste grotesco de una pincelada bien intencionada. Los cuadros de Sorolla no te aburren, te mantienen ahí, atrapado en los detalles. Todo eso me llamaba la atención y lo iba incorporando. Comencé a experimentar con el color. Me propuse lograr imágenes fotorrealistas, pero con la riqueza plástica que brindan los empastes, lograr formas no sólo con el color, o con las luces y sombras, sino también con las texturas y la gestualidad de la pincelada. Todos estos artistas son el condimento del ajiaco que es hoy mi pintura como resultado visual. Quería lograr una imagen real, creíble, que convenciera, no hiperrealista en rigor; sólo quería que el espectador creyera lo que estaba viendo.

—En tu pintura, que también podríamos definir como retratística, los representados no son modelos profesionales a quienes contratas para posar, sino personas de tu entorno más inmediato: familiares, amigos, vecinos y, obviamente, tú mismo. Ello convierte tu escenario plástico en plataforma autorreferencial. ¿Por qué estas prioridades en tu narrativa visual?
—Mi obra es, como dices, autorreferencial. Todo lo que sucede en mi entorno lo trato de representar en mis pinturas. Para ello cuento con el apoyo incondicional de mi familia y amigos. Ellos disfrutan tanto como yo todo el proceso. Cuando tengo una idea, básicamente lo que hago es buscar el modelo que más se ajuste a la imagen, lo embarro de pintura y le hago un montón de fotos. Les comparto la idea, lo que quiero lograr, y ellos hacen suyo el proyecto. Incluso hacen aportes, muchas veces se maquillan ellos mismos, o se desnudan sin pudor para que yo los retrate, si así lo requiere la idea. Compartimos la misma realidad, así que se ven representados en la narrativa de mi obra, sobre todo cuando se ven como protagonistas.

—Aquí hay máscaras, maquillajes, encubrimiento. En tu trabajo, regularmente, esas caretas aluden a payasos, arquetipos de animados bufones que deberían transmitir alegría, euforia, cuando en tu discurso ocultan un evidente malestar, despintados, descorridos, descolocados. ¿Te refieres a esto cuando empleas el término, despayasitado?
—El hilo conductor de mi obra son las apariencias, la lucha interna del individuo por ser, o ser otro. La necesidad de ser aceptado socialmente. Para ello me apoyo en el maquillaje y en el recurso del payaso, ese payaso que nos toca de cerca cuando nos presentamos ante la sociedad, exactamente como ella nos quiere ver. Ese maquillaje lo deshago indistintamente en partes del cuadro, lo raspo, lo craquelo, lo chorreo, poniendo en evidencia que hay algo que quiere salir de ese velo: la necesidad de ser uno mismo. Este proceso lo he denominado despayasitado. También he incorporado otros elementos a mi narrativa, como las máscaras —no sólo de payasos, sino de cualquier tipo—, siempre que respondan a una idea en específico, o el maquillaje sobre esas máscaras, o accesorios de vestuario. De modo que el zoom se puede distanciar y ya no sólo vemos retratos con desesperanza en la mirada, o gestos faciales provocadores, también vemos la figura humana en su totalidad, o buena parte de ella, poseedora de su propia expresividad. Yo nací y vivo en Camajuaní, un pueblo de Villa Clara, en el centro de Cuba, con una gran tradición de parrandas —fiestas populares de larga data y profunda raigambre histórico – cultural—. Se desarrollan en una época del año donde mi pueblo se convierte en un gran espectáculo teatral. Las máscaras, el maquillaje exagerado, las carrozas y la atmósfera de euforia que desata todo eso, ha sido influencia directa en mi obra, una inyección de mi subconsciente a mis cuadros. De todos estos recursos escénicos se nutren mis lienzos, diversificándose visualmente dentro de una misma línea discursiva.
—El gran formato es uno de los elementos distintivos de tus telas. Los retratados se tragan al espectador; son demandantes de una atención casi obligatoria. Necesitan espacio porque, desde su desmesura, están gritando. Cuando las exhibes, ¿sientes que tus obras son escuchadas? ¿Se enteran realmente los espectadores de lo que gritan?
—No existe satisfacción mayor para un artista que cuando el público se detiene unos minutos ante su obra. He tenido lindas experiencias en ese sentido. A mí todo me da pena, pero a mi favor tengo que pocos me conocen fuera de mi círculo social, y en las exposiciones que participo paso como un espectador más. Esto me permite escuchar lo que debaten sobre mi obra, lo que les transmite, y, como no me conocen, incluso me preguntan si percibo lo mismo que ellos. Me he encontrado personas que me describen cosas que ni por mi cabeza pasaron, y otros que me describen al dedillo todo lo que yo sentí haciéndolo, con tal sensibilidad, que parecieran haberlo pintado ellos. Y así por el estilo. Me place muchísimo que el público se lleve sus propias interpretaciones sobre la base de mi propuesta. También hay a quien no le dice nada, y otros a los que les asusta un poco. Todas estas experiencias son maravillosas, porque como no saben quién soy, son criterios genuinos. Entonces, creo que sí, que los espectadores sí se enteran de lo que gritan mis cuadros, o, al menos, algún susurro escuchan.
—Un fenómeno muy interesante en tus muestras públicas, específicamente durante las inauguraciones, es el carácter espontáneamente performativo que se genera entre los modelos y tus obras, al verse identificados artísticamente en un contexto especializado. A propósito de esta confrontación íntima, que es esencialmente festiva, la excelencia de tu arte la sigues moviendo a nivel local, como si no te quisieras alejar geográficamente de Villa Clara. Aunque tu obra es conocida internacionalmente, incluso coleccionada en Estados Unidos, Canadá, Italia o Puerto Rico, ¿no tienes planes de exhibir —cuando las condiciones lo permitan— en La Habana y el extranjero?
—Siempre he estado dispuesto a exponer donde exista interés por mi obra. No he hecho exposiciones fuera de la región central porque no he tenido la oportunidad de hacerlo. Realmente no depende sólo de mí. Yo me enfoco en mis pinturas, me sumerjo en ellas, las sufro y también las disfruto. En eso gasto mis energías. Mis pinturas sí dependen de mí, exponerlas, ya no tanto.
—He visto con sana envidia unos spots tuyos, donde una cuadrilla de socios se trepa en motocicletas y hacen unos recorridos loquísimos por carretera, y se van para la costa, los ríos o para otros pueblos. Supongo que eso no suceda todos los días, y mucho menos ahora, por lo que quisiera saber cómo es un día corriente en tu natal Camajuaní, y cuáles son allí tus motivos de inspiración cotidianos.
—Yo paso la mayor parte del tiempo pintando. Trato de visitar a mi madre y abuela todos los días. Ellas viven en un extremo del pueblo y yo en el otro, por lo que diariamente lo atravieso caminando. Esas andanzas me permiten hacer un poco de vida social y actualizarme de los acontecimientos locales. Mi realidad, mi cotidianidad, es mi fuente de inspiración. Así que, sin proponérmelo, en las caminatas veo muchos de mis cuadros por ahí, en los rostros de los transeúntes, en la gente caminando de ida o regreso al trabajo, en las colas. La gente inmersa en sus propias realidades, algunos desanimados y otros más optimistas. También veo cada vez menos gente en la calle. A fin de cuentas, llego a mi casa cargado de máscaras para pintar. También comparto mis días con un grupo de amigos que amamos las motos y a los que nos apasiona salir de rodadas a conocer lugares. De hecho, fundamos un motogrupo al que llamamos MOTO TRECE. Básicamente lo que hacemos es mototurismo. Ellos también me acompañan a mis exposiciones por acá, dicen que para hacer un poco de bulto en caso de que no asista mucho público. No sólo viajamos de un punto a otro, sino que vivimos intensamente el trayecto, y siempre con la dicha de llegar salvos a casa, en mi caso, cargado de máscaras que voy recolectando en esos lugares. Entonces, vuelvo a pintar.
—¿Tienes planes creativos a corto plazo que me puedas revelar?
—Por lo pronto, pintar. Eso es una necesidad que me supera. Ese siempre ha sido mi plan desde aquellos años en los que mi pensamiento se alimentaba en las cúpulas del ISA. Tratar de dejar huellas de mi realidad en lienzos que puedan exhibirse cuando tengan oportunidad. No hago planes a largo plazo, vivo al día. Lo demás ya vendrá.
