Juan Blas Hernández. Fotografía tomada de Puerto Rico ilustrado, 25 de noviembre de 1933. Fuente: Digital Library of the Caribbean (dLOC).

Durante tres días, un periodista estadounidense recorrió los bosques y las montañas de Trinidad buscando a Juan Blas Hernández. Cuando lo encontró, no halló a un hombre solo y oculto, sino al jefe de una fuerza rebelde, rodeado de sus hombres y de su estado mayor. El reportero pudo entrevistarlo y fotografiarlo en su campamento.

Para entonces, la prensa ya había encontrado un nombre con el que presentarlo: “el Sandino de Cuba”. La comparación con el guerrillero nicaragüense resultaba natural. Juan Blas llevaba años combatiendo en los campos, conocía las montañas, había resistido persecuciones y no mostraba intención de abandonar las armas. Una crónica de La Gaceta lo presentaba bajo ese apelativo y describía al hombre que el periodista J. D. Phillips había localizado tras aquella búsqueda por las lomas de Trinidad. Pero detrás del nombre había un hombre más complejo que la leyenda.

El hombre de la manigua

Juan Blas Hernández era de origen campesino. Las fuentes sitúan su nacimiento en 1879 y lo vinculan a la antigua provincia de Las Villas; algunas señalan Remedios, otras Canasí, en Matanzas, y casi todas coinciden en su ascendencia canaria. Sobre sus primeros años existen menos certezas que sobre el período que lo convirtió en figura pública. Y quizá sea mejor así. Su contorno se define cuando Cuba entra en una de sus etapas más convulsas.

En agosto de 1931, mientras sectores de la oposición intentaban derribar a Gerardo Machado mediante un levantamiento armado, Juan Blas se alzó en la región de Morón. La insurrección fue mucho más amplia que su movimiento: hubo alzamientos en distintos puntos de la isla, participación de militares, estudiantes y grupos políticos, expediciones armadas y combates que terminaron sofocados. La conspiración adolecía de serios problemas de organización y coordinación; algunos de los militares comprometidos no cumplieron lo acordado. El movimiento fracasó. Juan Blas no.

O, al menos, no del todo. Mientras buena parte de los insurrectos abandonaba la lucha, él consiguió mantenerse en operaciones entre Morón, Florida, Ciego de Ávila y el sur de Las Villas durante casi dos años. Ese fue el comienzo de su transformación. Ya no era simplemente uno más de los hombres que habían participado en un alzamiento contra Machado. Era un guerrillero que había sobrevivido al fracaso. Y la manigua comenzó a hacer el resto.

El guerrillero que no se rendía

Durante 1932 y buena parte de 1933, Juan Blas se convirtió en un problema persistente para el Gobierno. La prensa recogía persecuciones, combates y rumores sobre sus movimientos. Con el tiempo, su figura adquirió una dimensión que iba mucho más allá del número real de hombres a sus órdenes.

En agosto de 1933, una publicación que reproducía información de la prensa extranjera mostraba al coronel Muecke junto a varios de sus hombres y señalaba a Juan Blas —situado en el extremo izquierdo de la fotografía— como uno de los revolucionarios más temidos de Camagüey. No era todavía el personaje internacional que sería pocas semanas después, pero la reputación ya estaba consolidada.

Entonces la prensa extranjera comenzó a compararlo con Sandino. No porque él hubiera pretendido convertirse en una versión cubana del guerrillero nicaragüense, sino porque aquella comparación permitía explicar con rapidez a un público extranjero qué clase de personaje era: un jefe rebelde que llevaba años resistiendo a un ejército desde las montañas. El sobrenombre funcionó. Y se quedó.

“El Sandino de Cuba”

Cuando J. D. Phillips llegó hasta él en las montañas de Trinidad, Juan Blas llevaba ya una larga historia de persecuciones a sus espaldas. El periodista lo buscó tres días. Finalmente encontró el campamento. Allí estaba, rodeado de sus hombres, convertido en la figura que la prensa podía presentar como auténtico jefe guerrillero. La crónica hablaba del hombre que dirigía el llamado Ejército de Liberación y explicaba que el Gobierno lo consideraba un bandido, mientras fuera de Cuba empezaba a ser presentado como “el Sandino de Cuba”.

Pero lo más revelador de aquella entrevista no es el apodo. Es lo que Juan Blas dijo de sí mismo. Según la información publicada entonces, negó tener ambiciones personales o políticas y presentó su lucha como una oposición al régimen de Machado. Aquella declaración resulta elocuente. La prensa construía un personaje. Él hablaba de otra cosa. Para él, al menos en aquella conversación, no se trataba de convertirse en presidente ni de conquistar un puesto. Se trataba de seguir combatiendo al gobierno que había combatido durante años.

La imagen del “Sandino de Cuba” comenzaba a tener vida propia. Y justo entonces, el enemigo contra el que había luchado desapareció. El 12 de agosto de 1933 cayó Machado. La pregunta era inevitable: ¿qué haría Juan Blas ahora?

Después de Machado

La respuesta fue que no desapareció. La caída del dictador no trajo de inmediato la estabilidad esperada. La revolución abrió un nuevo escenario en el que estudiantes, militares, políticos tradicionales, organizaciones revolucionarias y antiguos opositores se disputaban el rumbo de la República. Juan Blas quedó atrapado en esa turbulencia.

La prensa de septiembre siguió sus movimientos con atención. El 22 de agosto, La Gaceta publicó una información que muestra con claridad la incertidumbre que lo rodeaba. Fulgencio Batista, entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, aseguraba que Juan Blas estaba rodeado en Camagüey y listo para rendirse. La misma noticia, sin embargo, recogía otras fuentes según las cuales el veterano mantenía intacta su fuerza y no pensaba entregarse.

Ese mismo día, soldados y estudiantes combatieron con sus hombres en Las Cuevas. Dos partidarios de Juan Blas murieron. El enfrentamiento duró apenas unos minutos y, según la crónica, había sido consecuencia de los intentos infructuosos de lograr su rendición. Después, los rebeldes volvieron a internarse en las lomas.

La paradoja era evidente. Machado había caído. Pero Juan Blas continuaba en armas. Y ahora tenía que explicar por qué.

Desde San Felipe, Camagüey, lo hizo a través de la prensa. Dijo que no estaba de acuerdo con la nueva administración, a la que consideraba incompetente, aunque afirmaba no estar en rebeldía. Explicó que habían luchado contra Machado creyendo que el triunfo de la revolución traería armonía y paz, y que eso no había sucedido. Por eso había regresado a las montañas. Allí, añadió, al menos podía respirar aire puro.

También recordó algo que conocía bien: sabía que estaba siendo perseguido, conocía los movimientos de quienes lo buscaban, y quienes esperaban su rendición olvidaban que ya había dado grandes problemas al ejército de Machado.

“Yo conozco estas montañas como la palma de mis manos”, declaró.

Era probablemente la frase que mejor lo definía. Juan Blas sabía luchar en las montañas. Lo que no estaba claro era cómo iba a desenvolverse en la política de la nueva Cuba.

De la manigua al Palacio

Pocos días después, el hombre de las montañas apareció en La Habana. El 26 de septiembre, La Gaceta informó que Juan Blas Hernández había llegado a la capital y que, poco después, visitó al presidente Ramón Grau San Martín. Lo acompañaba un grupo de estudiantes. Grau estaba allí. También Fulgencio Batista, ya jefe del Estado Mayor del Ejército.

De izquierda a derecha: Fulgencio Batista, Ramón Grau San Martín y Juan Blas Hernández. Tomado de Puerto Rico ilustrado, 14 de octubre de 1933. Fuente: Digital Library of the Caribbean (dLOC).

Juan Blas negó haberse rebelado contra el Gobierno. “Todo ha sido una mala interpretación”, dijo.

La escena debía resultar extraña. El mismo hombre que hacía apenas unos días permanecía en las montañas perseguido por soldados estaba ahora en el Palacio Presidencial hablando con el presidente de la República y con el jefe del Ejército. La fotografía de aquel encuentro quedó como testimonio.

Pero las apariencias duraron poco. La documentación posterior señala que Juan Blas mantenía su fidelidad política hacia Carlos Mendieta y que los contactos entre los distintos grupos opositores continuaban. La situación cubana era demasiado inestable para que una entrevista en Palacio significara el final de la lucha.

Juan Blas regresaría a las armas. Y lo haría en una Cuba donde los enemigos ya no estaban tan claramente definidos.

El viejo guerrillero en una nueva revolución

El problema de Juan Blas era también el problema de aquella Cuba. Había sido extraordinariamente eficaz luchando contra Machado desde los campos. Ahora debía moverse entre conspiraciones, partidos, militares, estudiantes, embajadores y gobiernos provisionales.

La prensa reflejaba esas contradicciones. Unos lo veían como jefe rebelde; otros hablaban de su rendición o de su próxima sublevación. Unos lo consideraban un héroe campesino; otros, un caudillo peligroso. Mientras tanto, él seguía recurriendo al instrumento que mejor conocía: las armas.

La noche del 7 al 8 de noviembre comenzó una nueva insurrección en La Habana. Participaron sectores del ABC, militares sublevados y otros conspiradores. Juan Blas formaba parte del movimiento. Los planes incluían varios cuarteles y posiciones estratégicas de la capital. Esta vez no había montañas. La lucha se desarrollaba en plena ciudad.

Los insurgentes ocuparon posiciones militares y policiales. Juan Blas llegó a la Jefatura de Policía acompañado por sus hombres y consideró que había que atacar directamente el Palacio Presidencial. La acción fracasó. Los defensores abrieron fuego y los atacantes tuvieron que retirarse. Juan Blas, sin embargo, permaneció combatiendo. Después se refugió en la Jefatura de Policía, donde resistió hasta que la posición fue tomada. Según la reconstrucción posterior, fue herido y logró reincorporarse a los sublevados que se habían replegado hacia San Ambrosio.

Pero San Ambrosio tampoco podía resistir. La Marina abrió fuego. Los cañones del barco Cuba comenzaron a castigar el viejo edificio. Cuando la resistencia se hizo imposible, los rebeldes tuvieron que decidir hacia dónde retirarse.

Fue entonces cuando Juan Blas volvió a hacer lo que había hecho tantas veces. Pensó en la montaña.

El último camino

Ciro Leonard, jefe de los sublevados, propuso dirigirse al Castillo de Atarés. Juan Blas no estaba de acuerdo. Según las reconstrucciones disponibles, consideraba que lo mejor era salir de La Habana, refugiarse en las lomas de Managua, reorganizar a los hombres y regresar después. Era una propuesta coherente con toda su experiencia anterior. En las montañas había sobrevivido. En las calles de La Habana acababa de comprobar lo contrario. Pero prevaleció la opinión de Leonard. El grupo marchó hacia Atarés.

En la madrugada del día 9, la fortaleza recibió a más de mil quinientas personas de distintas fuerzas políticas. Lo que parecía un refugio terminó convirtiéndose en una trampa. Las fuerzas gubernamentales atacaron con infantería, morteros y artillería. Desde la bahía, los cruceros Patria y Cuba también dispararon contra la fortaleza. Dentro del castillo, las bajas aumentaban. Una granada mató a numerosos rebeldes e hirió a Juan Blas. Ciro Leonard se suicidó. Finalmente comenzaron a ondear las banderas blancas. Sin embargo, la rendición no significó el final de la violencia.

“Aquí está Hernández, un cubano”

La versión más difundida hoy atribuye los disparos al capitán Mario Alfonso Hernández. Esa versión aparece en diversas reconstrucciones posteriores. Pero existe un testimonio mucho más cercano al momento de los hechos: el de uno de los hombres que había combatido junto a Juan Blas en Atarés, recogido por La Gaceta. Y es esa versión la que, por su carácter testimonial, seguiremos aquí.

El joven contó que, cuando los sitiados comenzaron a abandonar la fortaleza, unos doscientos hombres se lanzaron por la falda del castillo. Juan Blas intentó hacer lo mismo. No llegó. Fue atrapado a mitad de la loma. Un soldado le quitó el revólver y lo golpeó en el rostro. Otro le propinó un culatazo en la frente. A pesar de ello, el viejo revolucionario no perdió el conocimiento. Se sentó junto a sus compañeros y se limpió la sangre con un pañuelo.

Después, según el testimonio, un teniente se acercó, lo abofeteó e insultó. Entonces llegó un capitán preguntando por él.

—¿Dónde está Hernández?

Juan Blas respondió desde el lugar donde estaba:

—¡Aquí está Hernández, un cubano!

El joven que contó la historia aseguró que se encontraba a menos de tres metros. Dijo que el capitán —identificado en su testimonio como Hernández Benítez— llevaba un revólver calibre .45. Disparó a Juan Blas en el lado derecho del pecho. Según el testigo, le dijo: “Para que no te alces más”. El proyectil lo atravesó y alcanzó también a un joven del ABC. Hernández cayó de costado. Entonces, siempre según aquel relato, el capitán le disparó nuevamente en la cabeza. Después obligó a los prisioneros a aplaudir y gritar: “¡Viva el Ejército!”.

Así terminó, según uno de sus propios hombres, la vida de Juan Blas Hernández.

El hombre que durante casi dos años había logrado escapar de las fuerzas de Machado en los bosques de Santa Clara y Camagüey, ya no tenía dónde esconderse. Había salido de la manigua. Había entrado en Palacio. Había vuelto a la guerra. Y ahora yacía muerto en la falda de una fortaleza habanera.

El hombre y el mito

La muerte no resolvió las contradicciones que habían acompañado a Juan Blas durante los últimos meses de su vida. Al contrario, las hizo permanentes. Lo llamaron bandido y héroe guajiro; lo persiguió el ejército y lo fotografiaron periodistas extranjeros; lo presentaron al mundo como el Sandino de Cuba. Negoció con políticos, habló con presidentes, volvió a tomar las armas después de la caída de Machado y terminó luchando en una fortaleza de La Habana.

Pero antes de morir no respondió como un político, ni como un jefe de partido, ni siquiera como el personaje legendario que la prensa había construido alrededor de su nombre. Respondió simplemente como “Hernández, un cubano”.

El sobrenombre de “el Sandino de Cuba” resulta, por eso, tan apropiado y tan insuficiente a la vez. Sandino fue la comparación que hizo la prensa. Juan Blas Hernández fue el hombre que existió detrás de ella. Y su historia, entre la manigua de Morón y las murallas de Atarés, fue bastante más complicada —y más humana— que cualquier apodo.

Fuentes consultadas

Fuentes de prensa periódica (hemerográficas)

La Gaceta (Tampa, Florida)

– 5 de julio de 1933 (Año XI, Núm. 159): “Carta Cablegráfica de Cuba — Blas Hernández es el Sandino de Cuba”.

– 21 de septiembre de 1933 (Año XI, Núm. 225): “Carta Cablegráfica de Cuba — Las Tropas del Gobierno Tienen Rodeado a Juan Blas Hernández”; “Chungas y No Chungas” (menciones a Juan Blas Hernández)

– 22 de septiembre de 1933 (Año XI, Núm. 226): “Carta Cablegráfica de Cuba — No Ha Variado la Situación en Cuba”; “Perecieron Dos Hombres de las Fuerzas de Blas Hernández”; “Batista Dice que Juan Blas está Rodeado en Camagüey”.

– 23 de septiembre de 1933: “De Cuba — Movimiento Armado en la Provincia de Matanzas” (menciones a Juan Blas Hernández).

– 26 de septiembre de 1933 (Año XI, Núm. 229): “Carta Cablegráfica de Cuba — Juan Blas Hernández en la Habana”.

– 10 de octubre de 1933 (Año XI, Núm. 241): “Parece Haberse Vigorizado el Gobierno de Grau San Martín” (mención al entendimiento con Juan Blas Hernández).

– 12 de octubre de 1933: sección “Chungas y No Chungas” (entrevista al coronel Roberto Méndez Peñate sobre Juan Blas Hernández).

– 13 de octubre de 1933: sección “Chungas y No Chungas” — “La Muerte de Juan Blas Hernández. Disparó Sobre el Viejo Revolucionario, el Cap. Hernández Benítez” (testimonio del asalto al Castillo de Atarés).

– 14 de octubre de 1933: sección “Chungas y No Chungas” (entrevista al coronel Fulgencio Batista, referencia al episodio de Atarés).

– 1 de febrero de 1934 (Año XIII, Núm. 27): “Chungas y No Chungas — La Ley de Fugas en España y Cuba” (mención a la muerte de Juan Blas Hernández).

The Citrus County Chronicle: edición del 6 de julio de 1933, página cuatro — “News Review of Current Events the World Over” (mención a Juan Blas Hernández y su acuerdo con Sumner Welles).

Listín Diario (Santo Domingo, República Dominicana)

– 16 de agosto de 1933, página seis: “Rebeldes Cubanos en la Provincia de Camagüey” (pie de foto de Juan Blas Hernández).

– 6 de septiembre de 1933, página seis: “Amenaza a la República…” (mención a la llegada de Juan Blas Hernández).

The Sanford Herald (Sanford, Florida)

– 16 de septiembre de 1933 (Vol. XXIV, Núm. 265): “Welles Holds Secret Meet with Groups” (mención a Col. Juan Blas Hernandez).

– 21 de septiembre de 1933 (Vol. XXIV, Núm. 269): “Situation in Cuba Growing More Critical” (Captain Juan Blas Hernandez liderando la revuelta en Camagüey).

– 10 de noviembre de 1933 (Vol. XXV, Núm. 14): “Cuban Rebels Surrender to Loyal Troops” (mención a Juan Blas Hernandez tras la rendición de Atarés).

Le Nouvelliste (Port-au-Prince, Haití): edición del 23 de septiembre de 1933 (37ème année, No. 13126) — “Nouvelles de Cuba” (mención a “San Juan Blas, le Sandino cubain”)

Puerto Rico Ilustrado (San Juan, Puerto Rico): edición del 27 de enero de 1934, páginas 76, 78 y 80 — “Correspondencia de la Habana — Episodios Revolucionarios: Recuerdos de la Contra-Revolución”, por Antonio Pacheco Padró (relato del asalto al Castillo de Atarés). Disponible en University of Florida Digital Collections (UFDC): https://ufdc.ufl.edu/aa00098206/01068

El Crisol (La Habana, Cuba)

– 21 de abril de 1934 (Año I, Núm. 34): “Coronel Mendieta: Tienda la Vista a su Pueblo y lo Verá Todo Deshecho” (carta del comandante Gerardo Meneses, “compañero del coronel Juan Blas Hernández”)

– 12 de octubre de 1934 (Año I, Núm. 199): “Nespereira Nombrado Jefe de Gobernación del Municipio” (mención a la cooperación con “el Coronel Juan Blas Hernández” en la toma de la Jefatura de Policía).

Fuentes en línea (páginas web)

Toronto Forum on Cuba (Toronto, Canadá): “Una insurrección en la memoria: 80 años después”, por Francisca López Civeira. Edición del 17 de agosto de 2011. Consultado en agosto de 2026, https://www.forumoncuba.com/history/una-insurreccin-en-la-memoria-80-aos-despus

EcuRed (La Habana, Cuba): “Blas Hernández”. Consultado en agosto de 2026, https://www.ecured.cu/Blas_Hern%C3%A1ndez

Wikipedia (edición en inglés): “Juan Blas Hernández”. Consultado en agosto de 2026, https://en.wikipedia.org/wiki/Juan_Blas_Hern%C3%A1ndez

Cuba en el Tiempo (blog, WordPress): “Juan Blas Hernández, el eterno insurrecto (III)”. Edición del 16 de febrero de 2015. Consultado en agosto de 2026, https://cubaeneltiempo.wordpress.com/2015/02/16/juan-blas-hernandez-el-eterno-insurrectoiii/

Wikipedia (edición en español): “Blas Hernández”. Consultado en agosto de 2026, https://es.wikipedia.org/wiki/Blas_Hern%C3%A1ndez

DE PAZ SÁNCHEZ, Manuel. La insurrección del paisaje. Acercamiento a la crisis cubana. Tebeto: Anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura, 1996, no 9, p. 51-84.

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