Juan Gualberto Gómez. Imagen restaurada con Gemini.

El 12 de julio de 1854 nació Juan Gualberto Gómez Ferrer. Acerca de su vida anterior a la Constituyente de 1900-1901 hablamos al conmemorar su muerte, ocurrida el 5 de marzo de 1933. Dijimos entonces que aquellos años eran los más conocidos de su biografía. Comprensible, dado que en ese tiempo jugó un rol protagónico en la preparación de la Guerra del 95. También, por su especial relación con una figura excepcional como la de José Martí. Veremos, sin embargo, que a partir de la Constituyente llegó a convertirse en uno de los hombres públicos más relevantes del país. No tuvo que aspirar a la presidencia de la República para ello. Le bastó con ser un efectivo líder de opinión, un hombre honrado y, por momentos, un hábil estratega político. Aunque bien podríamos decir “hábil en estratagemas”, como lo había sido, y seguiría siendo, en conspiraciones y subterfugios.

 

El panorama político

En la pasada ocasión terminamos nuestro relato biográfico en el punto donde entraba a ocupar su escaño en la Convención de 1900-1901. Habiendo nacido en la provincia de Matanzas y vivido en la capital de la isla, cabría esperar su elección por uno de estos distritos. Fue electo, sin embargo, por la provincia de Santiago de Cuba. Ahí, junto a Demetrio Castillo Duany, construyó una formación republicana frente a las fuerzas comandadas por Antonio Bravo y Correoso.

Recordemos que Correoso había formado una agrupación independiente, pero en estrecha alianza con el Partido Nacional. Los nacionalistas contaban con escasa representación fuera de La Habana, más allá de grupos locales semi-autónomos como el de Bravo y Correoso. Las agrupaciones republicanas tampoco tenían homogeneidad a escala nacional. El Partido Republicano Federal de Las Villas era una fuerza virtualmente independiente bajo el liderazgo de José Miguel Gómez. Como Santa Clara era la segunda provincia del país en población, el monopolio político que ejercía José Miguel le daba un rango superior.

Esto no ocurría en las otras dos provincias “grandes”. En La Habana, el Partido Nacional, siendo mayoritario, tenía dura resistencia del Partido Republicano de La Habana dirigido por Domingo Méndez Capote. Compensaban los republicanos habaneros su desventaja a través de una estrecha alianza con los matanceros. En Santiago de Cuba las aguas también estaban divididas. De hecho, Juan Gualberto había sido un refuerzo llegado desde La Habana a los orientales. Esta panorámica de la estructura partidista del país es fundamental en la biografía de Juan Gualberto. Se trata de una estructura y un escenario muy cambiante a lo largo de los años. En cada uno de esos cambios estaría involucrado, casi siempre en un rol de liderazgo, nuestro biografiado.

 

La Convención y la Enmienda

Fue durante la Constituyente que Juan Gualberto se consolidó como uno de los hombres públicos más destacados. Estuvo involucrado en todos los debates e hizo gala de una preparación y una habilidad que no desmerecía de la de ninguno de sus compañeros. Sin duda alguna, echó mano de la experiencia acumulada como cronista parlamentario en sus años de Madrid. También demostró un estudio concienzudo, en clave de derecho comparado, de las materias discutidas en el cónclave. Sus propuestas estuvieron siempre marcadas por un trasfondo ideológico liberal-democrático, aunque no fue remiso a adoptar un enfoque pragmático. Su postura en el debate acerca de la relación entre iglesia y Estado, del que hablaremos en algún momento, es reflejo notable de ello.

Ahora bien, donde Juan Gualberto llegó a la cúspide en su ejercicio como constituyente fue en la discusión de la Enmienda Platt. Fungió como uno de los líderes de facto del sector de la asamblea que la rechazaba de plano. Se le encargó, incluso, la ponencia en contra del apéndice constitucional. Su activismo antiplattista le ganó la antipatía del gobernador militar Leonard Wood. En una carta a sus superiores no escatimó en calificativos racistas y denigrantes en contra de Juan Gualberto por liderar la resistencia contra la Enmienda. Lo acusó, entre otras cosas, de tener “la más hedionda reputación tanto moral como política” y de pretender “elevar su raza” para obtener beneficios.

 

La República, primeras elecciones generales

La Enmienda Platt fue un terremoto político que obligó a la reorganización de los partidos con vistas a las primeras elecciones generales. Solamente los grupos republicanos de la mitad oriental de la isla la habían rechazado sin cortapisas. Los restantes grupos republicanos habían acabado por aceptarla. Los nacionalistas, encabezados por Alfredo Zayas, también se habían mantenido firmes en el rechazo. Esta circunstancia acabaría por contribuir al cambio de configuración en el escenario partidista. Por lo pronto, en las primeras elecciones generales, el reordenamiento sería parcial.

Juan Gualberto se distanció del resto del republicanismo junto a Ernesto Asbert, Demetrio Castillo Duany y otros líderes. Fundaron el Partido Republicano Independiente y crearon una candidatura presidencial alternativa a la de Tomás Estrada Palma y Luis Estévez Romero. Esta contaba con el apoyo de los nacionales y del resto del republicanismo, ahora refundido como Partido Republicano Conservador. Por el lado de los independientes se impulsó la candidatura de Bartolomé Masó que finalmente no llegó a buen puerto. Dificultades organizativas privaron a los Independientes de ocupar el espacio que les correspondería en las mesas de escrutinio. Estrada Palma ganó sin tener que enfrentarse a una oposición organizada en el plano electoral.

Los conflictos en relación con las mesas de escrutinio serían un tema recurrente en las elecciones de esta etapa de la República. Lo habían sido ya en las municipales y las de la Constituyente celebradas durante la intervención estadounidense. Consistía en tratar de ganar la elección antes de efectuar el voto popular a partir del control sobre las mesas de escrutinio. Estas se organizaban en la fase inicial del proceso electoral y el éxito en llegar a coparlas dependía de la capacidad organizativa de los partidos. En otra ocasión explicaremos con mayores detalles los sistemas electorales que se sucedieron en la época. Ahora es relevante para comprender algunos incidentes de la vida de Juan Gualberto que hemos mencionado y otros de los que hablaremos muy pronto.

 

Las elecciones de medio término

En las elecciones generales de 1901-1902 Juan Gualberto no accedió a ningún cargo electivo. Esto cambiaría en 1904 cuando se celebraran las primeras elecciones parciales para renovar la mitad de la Cámara de Representantes. Constitucionalmente, el cargo de representante se elegía para períodos de cuatro años, pero la Cámara debía renovarse por mitades cada dos años. Esto obligó a que la mitad de los representantes elegidos en diciembre de 1901 fueran designados por sorteo para un período de sólo dos años. Lo mismo ocurriría con el Senado, pero como los senadores servían ocho años, la renovación no se produciría hasta las elecciones generales de 1905.

En las elecciones parciales de febrero de 1904, Juan Gualberto presentó su candidatura como representante a la Cámara por la provincia de Oriente. Su acta, como la de un gran número de congresistas de varias provincias, fue muy discutida. Había una discrepancia notable entre la cantidad de votantes que mostraba la emitida por la Junta Electoral Provincial y otros documentos en poder del candidato. En términos generales, las elecciones estuvieron marcadas por numerosas irregularidades. Los partidos se lanzaron al copo de las mesas con similar apetito y éxito desigual. Los lugares donde no se protestó la elección fueron aquellos en los que los desmanes fueron más efectivos. Se dejaron de contabilizar colegios, algunas Juntas Electorales fueron verdaderos campos de batalla.

Durante la campaña, los disturbios de toda índole fueron la nota característica. Gritos e insultos de mal gusto en los mítines, disparos, peleas con arma blanca y otras violencias sacudieron al país de punta a cabo. Lo interesante es que no se trató, al menos en esta ocasión, del gobierno amañando el resultado. Eran los partidos políticos efectuando su natural desenvolvimiento en un escenario de escasísima cultura cívica y política. Uno de ellos era de nueva creación: el Partido Liberal Nacional.

En la creación de este nuevo partido que venía a disputarle el predominio a los republicanos conservadores se vio envuelto Juan Gualberto. Era el Liberal, resultado de la fusión entre el Partido Nacional y el Republicano Independiente. Una vez más, y no sería la última, el destino uniría a Juan Gualberto con Alfredo Zayas. El primero, como líder de los Independientes. El segundo, como líder de los nacionales. Habían conspirado juntos en La Habana antes de la Guerra del 95. Coincidieron en el presidio político en España y luego, aunque en partidos distintos, en la Constituyente en La Habana. Ahora venían a fundir las dos principales organizaciones que tenían el antiplattismo como consigna. Como ningún grupo quería adoptar el nombre del otro, el resultado fue el Partido Liberal Nacional.

Ahora bien, según testimonios de la época y declaraciones del propio Estrada Palma, las elecciones de 1904 lo habían dejado estupefacto. Se había convencido de que la ahora oposición liberal no podía traer nada bueno para la República. Dentro de los Republicanos Conservadores, el grupo villareño dirigido por José Miguel Gómez le pareció nefasto. Un grupo de conservadores, principalmente habaneros y matanceros, comenzaron a organizar un partido nuevo. A esta nueva formación se fue sintiendo atraído Estrada Palma paulatinamente. La dirigían algunos de sus más cercanos colaboradores. Cuando el presidente adoptó la decisión de reelegirse con el apoyo del Partido Moderado, el país volvió a sufrir un terremoto político.

 

Sin moderarse…

Los republicanos villareños y los liberales iniciaron sus primeras aproximaciones cuando se hizo evidente que los moderados iban camino a ser el partido de gobierno. A Juan Gualberto nunca le convenció el miguelismo. Llegó a ser, según Rafael Martínez Ortiz, más zayista que Zayas, al menos en ese período. La fusión, sin embargo, se produjo y él estuvo, una vez más, en el equipo de negociación. El primer gran desacuerdo a resolver era el de la candidatura presidencial. Los miguelistas se salieron con la suya. Después de muchas idas y venidas Zayas se conformó con la vicepresidencia. Esta disputa por la supremacía no abandonaría al partido jamás mientras Zayas y José Miguel militaran bajo el mismo emblema.

La batalla verdaderamente peligrosa sería, sin embargo, contra los moderados que apoyaban a Estrada Palma y contra el propio gobierno.

Con la consigna “A moderarse” el partido oficialista iba dispuesto a todo con la vista puesta en la cita electoral. El objetivo era, sin embargo, llegar a esa fecha con el resultado decidido. El mismo objetivo que se habían trazado todos los partidos en cada ocasión, sólo que los moderados tenían a su disposición los recursos del Estado. Estrada Palma había designado un nuevo gabinete con el propósito para garantizar un resultado favorable en los comicios. Se le conoció como Gabinete de Combate y realizó su misión de manera implacable. Para garantizar el control de las mesas y juntas electorales se atacó a las alcaldías que estaban en manos de la oposición. Numerosos alcaldes liberales fueron removidos de sus puestos con pretextos de diversa índole. Policías moderados detenían a alcaldes y policías liberales en los mítines que frecuentemente derivaban en violencia.

La muerte del representante a la Cámara, y antiguo delegado a la Constituyente, Enrique Villuendas, fue la gota que colmó el vaso. José Miguel Gómez y otros líderes liberales decidieron el retraimiento de su partido en señal de protesta. No concurriría a las elecciones en su candidatura junto a Zayas para las presidenciales. Tampoco lo harían los candidatos a otros cargos. Los moderados arrasaron sin oposición y obtuvieron el control de la Cámara y el Senado.

 

Revolución de verano

Consolidado el atropello gubernamental a las débiles instituciones democráticas de la naciente República, la sangre tenía que llegar al río. Comenzó a fraguarse una revolución. Las células liberales, llenas de veteranos independentistas, se pusieron a conspirar espontáneamente. Los directores del partido, entre los que se encontraba Juan Gualberto, decidieron llevar la cuestión hasta sus últimas consecuencias. Si el camino pacífico de la justicia estaba vedado, se arrancarían los derechos por la fuerza. El movimiento estaba tan cantado que muy poco se pudo mantener en secreto. Juan Gualberto, uno de los pocos líderes que entendía a profundidad las intrigas de una conspiración, fue destinado a Oriente junto a Castillo Duany. Tenían la misión de alzar a los liberales de la provincia. Con el pretexto de realizar actividad de reorganización partidista aprovechaban para comprometer a más adeptos a la causa.

El gobierno estaba al tanto de casi todo. Cuando lo creyó oportuno, procedió a la detención de los líderes liberales cuya implicación le era conocida. Juan Gualberto y Castillo Duany estuvieron entre los primeros detenidos. Les siguieron el propio José Miguel y Monteagudo en Las Villas y muchos otros jefes. La acción gubernamental fue, sin embargo, infructuosa. No pudo evitar, sino que más bien precipitó el alzamiento. Buena parte del país estaba tan soliviantada por el estradismo que las fuerzas sublevadas superaron muy pronto a la exigua Guardia Rural. El presidente no contaba con fuerzas suficientes para su defensa ni decretando la movilización de voluntarios.

Militarmente los rebeldes acumularon varias victorias hasta llegar a las puertas de la capital. El moderantismo, por todo recurso, acudió a la tutela estadounidense. Contrario a sus expectativas, los Estados Unidos no vinieron con intenciones de darles la razón, sino de mediar entre ambos bandos. Alfredo Zayas se posicionó rápidamente como interlocutor liberal. Juan Gualberto, sacado de la cárcel para la ocasión, fungió como vocero de los líderes del movimiento frente a los mediadores estadounidenses. En cualquier caso, no pudo evitarse que el país quedara sin gobierno y sin posibilidad de nombrar uno por vías legales. Los congresistas moderados llevaron a una situación sin salida en la que sólo era posible una nueva intervención.

 

Zayismo sin Zayas

Con el país bajo un nuevo gobierno provisional estadounidense el tema central sería la reorganización de la República. Este proceso tendría dos dimensiones, una tendría carácter institucional, la otra llevaría a una recomposición de las fuerzas políticas. En ambas se vería involucrado Juan Gualberto Gómez.

Desde el punto de vista institucional, el gobernador, Charles Magoon, implementó un plan para poner el país en condiciones de realizar nuevas elecciones. La idea era que el nuevo sistema político contara con los fundamentos legales necesarios para funcionar mejor que antes. Para suplir las deficiencias del pasado en este sentido, fue designada una Comisión Consultiva encargada de redactar las leyes que se creían imprescindibles. Juan Gualberto fungió como secretario de la misma y tuvo como uno de sus compañeros comisionados al ya inseparable Alfredo Zayas.

En el ámbito de las organizaciones políticas, los liberales se encontraron como la única fuerza política consolidada. Esto llevó a que implosionara el partido y se dividiera en las dos facciones fundacionales. Por un lado los miguelistas y por el otro los zayistas. Separados acudirían a las elecciones locales donde se elegirían los nuevos ayuntamientos municipales y los gobiernos provinciales. Para asombro de todos, una tercera fuerza política emergería con fuerza desde los remanentes del viejo moderantismo y con liderazgo nuevo: el Partido Conservador Nacional.

El conservadurismo quedó como segunda fuerza política del país en las elecciones locales. Superó al Partido Liberal de Alfredo Zayas y le disputó la preeminencia el Partido Liberal Histórico de José Miguel Gómez. Hazaña que logró en un corto período de tiempo desde su fundación. El golpe más sorprendente fue conseguir la elección de un gobernador conservador, José Luis Robau, en el feudo miguelista de Las Villas.

La catástrofe electoral disparó todas las alarmas. Para José Miguel quedó claro que bastaba una señal de Zayas para frustrar sus ambiciones presidenciales. Si el zayismo pactaba con el conservadurismo sería el fin. Para el propio Zayas era más plausible volver a los brazos de su antiguo aliado por más que sus rivalidades con él no tuvieran fin. Juan Gualberto, sin embargo, no estuvo de acuerdo con esta opción. Cada vez se encontraba más distanciado del miguelismo. Llegó a retirarse de la vida política cuando se decidió la nueva candidatura de José Miguel Gómez para la presidencia con Zayas como vicepresidente. Algunos señalaron a Juan Gualberto por ser más zayista que Zayas. La gran ironía del asunto estaba precisamente en que Zayas no llegaría a la presidencia sino tras pactar con Menocal. Para rematar, sería Juan Gualberto el artífice de ese pacto.

 

Por Zayas, de regreso

No duró demasiado tiempo el retiro de Juan Gualberto de la vida pública. Su amigo Alfredo Zayas le pidió su colaboración para echar adelante la nave del zayismo. Las presidenciales de 1912 fueron un duro descalabro. La traición vino del interior del partido. Por un lado, algunos miembros de la facción villareña estaban negados a una presidencia de Zayas. José de Jesús Monteagudo, jefe de la Guardia Rural, contribuyó notablemente a la derrota frente a los conservadores. A través de una artimaña, privó a Zayas de la colaboración de muchos de sus sargentos de barrio. El propio presidente José Miguel Gómez, si bien se limpió las manos al respecto, había invitado a Menocal a que se presentara nuevamente al sufragio. Sin duda esto había fortalecido muchísimo la candidatura conservadora.

Lo peor fue la defección de Ernesto Asbert que restó muchísimos votos. Asbert había sido hasta entonces un zayista destacado. Había sido uno de los líderes militares de la Revolución de 1906. Ya lo mencionamos en la fundación del Partido Republicano Independiente junto a Juan Gualberto. Tenía mucha fuerza en La Habana, provincia de la que llegó a ser gobernador. Era ambicioso y, sintiendo que le esperaba un mejor destino cambiando de alianzas, se pasó al menocalismo con armas y bagaje. Poco más de quince mil votos sacó de ventaja la dupla conservadora de Menocal y Enrique José Varona frente a Zayas. Menos del 4% de los votantes que acudieron a las urnas.

Durante el primer período de Menocal, Juan Gualberto Gómez sirvió en la Cámara de Representantes. Su activa oposición al gobierno le trajo dificultades más de una vez. Llegó incluso a ser detenido a la salida de la Cámara en una ocasión. En 1916 sería electo senador. En esas elecciones, el liberalismo reconciliado, se presentó con una dupla presidencial que encabezaba Zayas. Otra vez los manejos turbios gubernamentales privaron al habanero de la presidencia. El levantamiento liberal de 1917 no tuvo éxito. Militarmente, el gobierno estaba mejor preparado. Para colmo de males, los Estados Unidos actuaron esta vez como habían deseado Méndez Capote y Estrada Palma en 1906. Al anunciar que no reconocería un gobierno fruto de la revolución, condenó el movimiento al fracaso.

Ni siquiera se tomaron el trabajo de mediar entre los bandos. Más bien ofrecieron apoyo material. Desembarcaron fuerzas para proteger las propiedades de interés liberando tropas con que el gobierno pudo combatir el levantamiento.

La segunda “victoria” de Menocal puso de rodillas una vez más a las instituciones democráticas de la maltrecha República. Su primer mandato había estado marcado por la mayor racha de prosperidad económica en lo que iba de siglo. El segundo fue escenario de una de las peores crisis desde la independencia.

 

El Partido Popular

El juego político cambió en estas circunstancias. Menocal no podía reelegirse una vez más sin violar abiertamente la Constitución. José Miguel Gómez se preparaba para disputarle la presidencia con mucha ventaja a cualquier otro candidato conservador. Zayas quedaba relegado una vez más por los liberales. Juan Gualberto vio de inmediato la luz al final del túnel. Movió los hilos y comenzó a tejer su plan junto a su colega conspirador de toda la vida. Con los liberales de José Miguel no se podía contar, pero al zayismo le quedaban seguidores. Asbert había caído en desgracia al verse involucrado en el asesinato del jefe de policía de La Habana. Menocal estaba interesado en evitar que José Miguel fuera presidente, pero también le convenía que no surgiera otro líder conservador que le hiciera competencia.

Así se desenvolvió el plan de Juan Gualberto. En pocas semanas fue creado un nuevo partido: el Partido Popular Cubano. La tarea fue titánica, pero consiguió dotarlo de una estructura funcional en tiempo récord. Luego, propuso a Menocal una alianza circunstancial, única manera de derrotar a Gómez. El presidente no fue convencido de inmediato. Una carta de Juan Gualberto, llena de razones, lo determinó a lanzarse a la aventura. Las fuerzas conservadoras y las liberales eran, sin duda, dominantes. Los populares no llegaban a la mitad de los votos de ninguna de ellas. Eso acabó por convertirse en una ventaja. Cualquier agrupación a la que se agregaran garantizaba la victoria. Se unieron a la que estaba dispuesta a hacer concesiones más generosas. Menocal esperaba regresar a la presidencia tras los cuatro años de Zayas. José Miguel murió antes de terminara el mandato zayista.

Juan Gualberto estaría en el Senado de la República durante los ocho años para los cuales había sido elegido. Esto cubría el período presidencial de Alfredo Zayas completo. Simultáneamente ocuparía el cargo de presidente del Partido Popular. Su gestión se fue haciendo cada vez más difícil. El amigo Zayas comenzó a tomar distancia de él. Cada vez escuchaba menos sus consejos y se dejaba llevar por influencias que desagradaban al matancero. En determinado momento, Juan Gualberto renunció a la presidencia del partido. Zayas no quiso aceptar la renuncia al principio, pero la suerte estaba echada para ambos. Sus caminos se separarían definitivamente.

Zayas terminó su mandato respaldando tácitamente la candidatura de Machado. Al salir de la presidencia, se retiró, prácticamente, de la vida política. A Juan Gualberto le quedaba todavía alguna pelea que dar.

 

Contra Machado

Los últimos años de aquel viejo luchador estuvieron signados por la vuelta a las intrigas y conspiraciones. Cuando el gobierno de Gerardo Machado se apartó definitivamente del curso de la legalidad, estuvo entre los que fraguaron el levantamiento en su contra. Su papel en la conspiración fue siempre ambiguo, de manera que a las autoridades les costó tener certeza de su participación. Por su inmenso prestigio era prácticamente intocable y como no era de dirigir fuerzas de combate, se le dejó hacer durante un tiempo.

Al caer prisioneros los líderes del levantamiento armado, Menocal y Mendieta entre ellos, Juan Gualberto se convirtió en una suerte de enlace. Parecía mediar entre gobierno y oposición, pero en realidad trabajaba para la oposición. Era miembro fundador de la Unión Nacionalista, el refugio de aquellos políticos que no tomaron parte en el cooperativismo que secuestró a los partidos tradicionales.

Machado entendía la situación, pero dejaba actuar al anciano periodista porque tomar represalias implicaba cortarse su propia retirada hipotética. Juan Gualberto le había hecho oposición desde el principio y el presidente no había escatimado esfuerzos para ganárselo. En 1929 le había otorgado la orden Carlos Manuel de Céspedes a teatro lleno. Juan Gualberto la había aceptado, pero en su discurso había dicho claramente que aquello no cambiaba en nada su posición. Esto no desalentó a Machado. Aprovechando que el viejo patriota tenía una situación económica cada vez peor intentó sobornarlo de diversas maneras. La muerte de Juan Gualberto ocurrió el 5 de marzo de 1933. El día anterior había sido sancionada una ley del Congreso mediante la cual se le otorgaban diez mil pesos. Este nuevo intento de soborno llegaba demasiado tarde.

El régimen intentó tomar parte en las honras fúnebres de la manera más conspicua posible. En cualquier caso, la concurrencia al cementerio fue masiva. Más allá de los conflictos políticos del momento, se asistía a la muerte de un símbolo. Aquel hombre que había estado en la primera fila de todos los acontecimientos relevantes en la vida política de la isla durante varias décadas. Era, además, de los pocos que de ningún modo había lucrado con su protagonismo. Moría pobre, como lo había sido en sus orígenes y durante toda su vida. Había completado, sin embargo, un arco vital admirable. Desde la humildad de un hogar esclavo hasta el panteón de los padres de la patria. Aquel sencillo mozuelo de Sabanilla del Encomendador había llegado a movilizar a la capital del país para despedirle. Y, precisamente, su Sabanilla del Encomendador natal sería conocido desde entonces como Juan Gualberto Gómez.

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