Pedro Betancourt. Imagen de archivo restaurada con ChatGpt.

Cuando comenzamos a hablar sobre los delegados a la Constituyente de 1901, la suerte quiso que el primero de quien ocuparnos fuera Pedro Betancourt Dávalos. El 6 de agosto de 2024 conmemoramos su nacimiento, ocurrido en 1858, con una nota sobre sus primeros años. Entonces hablamos de su origen acomodado y sus estudios de medicina en los Estados Unidos. Luego, de su rol en la conspiración previa a la Guerra del ‘95. De su hoja de servicios como oficial del Ejército Libertador, en el que llegó a ostentar el grado de mayor general. De su designación como gobernador civil de su provincia natal de Matanzas por el gobierno de ocupación estadounidense. Por último, y para nosotros lo más importante, de su elección a la Convención Constituyente de 1900-1901 con el respaldo del Partido Republicano matancero.

El 19 de mayo corresponde, entonces, hablar sobre su vida posterior a la Convención. Ese día de 1933 falleció en su residencia de La Habana, donde guardaba prisión domiciliaria impuesta por la tiranía machadista. El periplo de 1901 a 1933 del general matancero estuvo marcado por un largo intermedio en el que se alejó de la vida pública. Comenzó, sin embargo, en una posición que no podía ser más ventajosa. Era una de las figuras políticas más importantes del país. Como gobernador de su provincia tenía una influencia enorme. Ser elegido para la Constituyente no le supuso ninguna dificultad. Tampoco lo supondría conseguir el acta de senador al inaugurarse la República.

Antes de llegar a este punto, sin embargo, debemos mencionar que estuvo entre los delegados que dio su voto favorable a la Enmienda Platt. Como hemos dicho en otras ocasiones, esto no lo hacía partidario de la Enmienda. No consta que ninguno de los delegados lo fuera. Simplemente la asumía como un mal necesario. Inevitable si se pretendía el nacimiento inmediato de la República. Esta circunstancia lo colocó en el grupo de republicanos que apoyaría la candidatura de Estrada Palma a la presidencia, el Partido Republicano Conservador. Reunía a los sectores republicanos de diversas regiones del país, pero principalmente los de La Habana, Matanzas y Las Villas.

Los republicanos conservadores, sin embargo, no se mantuvieron unidos durante mucho tiempo. Las facciones internas estaban demasiado definidas detrás de sus respectivos caudillos. Era imposible que un grupo tan diverso se mantuviera unido. Los villareños casi habían sufrido una apoplejía al tener que aceptar el apelativo de “conservador” en el nombre del partido. Hombres de gran ambición, como Méndez Capote, recelaban del carisma de José Miguel Gómez y su indiscutible ventaja en una futura justa presidencial. El grupo se deshizo en cuanto un sector cercano al presidente Estrada Palma comenzó a preparar la creación de un nuevo partido. El nuevo Partido Moderado, contó con Pedro Betancourt entre sus filas.

Por las biografías de otros delegados a la Convención conocemos a varios senadores que estaban en el partido. El oriental Antonio Bravo y Correoso, y el camagüeyano Manuel Ramón Silva se encontraban en ese caso. Además de Méndez Capote y Pedro Betancourt, podemos mencionar al también matancero Luis Fortún Govín. De hecho, de los cuatro senadores elegidos por Matanzas, sólo Manuel Sanguily se mantuvo fuera del moderantismo. Vale la pena añadir que Matanzas fue la única provincia cuyos cuatro senadores habían sido a su vez delegados a la Convención.

También conocemos cómo se desenvolvieron los acontecimientos. La bravata electoral de los moderados. Su empeño en ganar la reelección de Estrada Palma a toda costa. El retraimiento primero y luego la rebelión abierta de los liberales agraviados, especialmente los seguidores de José Miguel Gómez. El papel de Betancourt en todo esto fue bastante discreto. Más allá de unas declaraciones, que se le atribuyen amenazando con alzarse contra una posible intervención militar estadounidense, no tuvo mayor implicación en los acontecimientos. Ni siquiera participó en la sesión final del Congreso, en la que no pudo llegarse a una resolución del conflicto.

La segunda intervención fue una etapa amarga en la que era necesario recuperarse de la primera gran decepción de la República. En 1902, Betancourt había caído en el grupo de senadores que ocuparían el escaño por un período de ocho años. Eso significaba que su acta estaría vigente hasta 1910. Al restaurarse la República en 1909, un grupo de senadores que se encontraban en la misma situación volvieron al Congreso para servir durante unos meses. Era el caso de Manuel Sanguily, Martín Morúa, Eudaldo Tamayo, Federico Rey, Adolfo Cabello y Francisco Carrillo. Junto a Betancourt estarían en el Senado hasta 1910. Luego serían sustituidos por los electos en 1908.

Tras esta nueva etapa en el Senado, a Betancourt se le hizo cada vez más difícil tolerar el estado de cosas en Cuba. El infinito forcejeo de las facciones al interior de los partidos, la despiadada lucha entre estos, la corrupción concomitante, llegaron a desmoralizarlo. Consideró durante un tiempo abandonar el país y establecerse en los Estados Unidos, donde había estudiado en su juventud. Finalmente decidió quedarse en Cuba, pero distanciándose de la vida pública. Durante casi una década se dedicó a labores relacionadas con las propiedades agrícolas familiares. Las únicas actividades cercanas a la política que realizó durante ese tiempo estuvieron vinculadas al Consejo Nacional de Veteranos. Era fundador de la organización y en varias ocasiones sería su presidente.

Los únicos que pudieron sacar a Betancourt de su ostracismo político fueron dos antiguos colegas de la conspiración previa al ‘95. Juan Gualberto Gómez y Alfredo Zayas habían fundado un partido de ocasión y logrado que el segundo fuera electo a la presidencia de la República. Tras una primera etapa en la que tuvo que sortear el intervencionismo estadounidense, Zayas estuvo listo para nombrar un gabinete de su confianza. Le propuso a Betancourt que se hiciera cargo de la Secretaría de Agricultura, Industria y Comercio y este, aceptó. En cualquier circunstancia se trataría de una de las más importantes del gabinete. En los tiempos de crisis económica que corrían, era sin duda una posición clave.

Betancourt fue un cercano colaborador de Zayas por el resto de su presidencia. Llegó a ocupar otras secretarías con carácter interino, entre ellas la de Guerra. Mientras la desempeñaba, ocurrieron los alzamientos armados vinculados al Movimiento Nacional de Veteranos y Patriotas. El gobierno de Zayas tuvo lugar en un momento muy peculiar y desafortunado de la historia cubana. El país no sólo estaba transitando por la peor crisis económica de su vida republicana. Había llegado a un punto en el que las estructuras políticas creadas en 1901 no eran capaces de soportar la presión. Para colmo, iba llegando a la edad adulta la primera generación que sólo había conocido a la Cuba republicana.

Esta convergencia de factores hizo que la gestión del gobierno zayista pudiera considerarse equivalente a la de unos bomberos apagando fuegos en un polvorín. Encontraba oposición en todos los frentes. Los liberales no estaban del todo satisfechos con el resultado de la elección. Sus aliados conservadores estaban ansiosos por pasarle la factura por haberle facilitado gobernar. Los jóvenes veían en él la encarnación de las flaquezas de la generación de hombres que había gobernado la República hasta el momento. El Movimiento Nacional de Veteranos y Patriotas se fue gestando en el marco de los mismos Centros de Veteranos que alguna vez presidiera Betancourt. En parte, su función en el gabinete era también contenerlos. Estos, sin embargo, habían entrado en diálogo y hasta forjado ciertas alianzas con algunos elementos de la nueva generación. Las energías para hacerle oposición a Zayas acabarían desbordando los cauces legales.

En 1924 el polvorín estuvo a punto de estallar de la peor manera. Se produjeron conatos de alzamiento en algunos lugares del país, especialmente en Las Villas. El principal líder era Federico Laredo Brú, veterano de la Guerra del ‘95 que llegaría a ser presidente de la República en la próxima década. Zayas y Betancourt, que desempeñaba la cartera de guerra con carácter interino, se movilizaron al momento. No acumulando tropas para provocar derramamientos de sangre sino negociando activamente con los elementos sublevados.

La intentona duró poco más de un par de semanas. El punto climático llegó cuando el presidente y su secretario de guerra marcharon a Cienfuegos, epicentro del conflicto, para terminar de apagar el fuego. Negociando directamente con los enviados de Laredo Brú, consiguieron que a los pocos días entregara las armas. Los indultos a los que no habían ocasionado hechos de sangre fueron inmediatos. El propio Laredo Brú pudo viajar a la Habana para tomar un barco en el que añejarse durante un tiempo del país. El próximo incendio no sería tan fácil de apagar, pero ya no le tocaría a Zayas y su gabinete.

Con la llegada de Gerardo Machado al poder, Betancourt volvió a vincularse más estrechamente con los Centros de Veteranos. El nuevo gobierno venía con un programa reformista y en los primeros meses consiguió algunos éxitos en su gestión. Enumerar los factores que desencadenaron la catástrofe que vino después sería demasiado largo y complejo. Lo cierto es que la situación económica del país nunca llegó a mejorar sustancialmente. Las nuevas generaciones que irrumpían en la política estaban decididas a emprender lo que entendían como renovación de la República, a cualquier costo. El gobierno, en esta ocasión, en lugar de apagar fuegos se dedicó a alimentarlos.

Machado, ensoberbecido por sus pequeños éxitos iniciales, modificó la constitución y prorrogó sus poderes. Los partidos políticos tradicionales fueron cooptados a través del cooperativismo. Dejó de existir la oposición legal. Los grupos disidentes no podían agruparse legalmente en igualdad de condiciones. La nueva generación estaba enfrascada en la lucha, pero todavía acataba el liderazgo de los viejos mambises que se oponían al gobierno. Se preparaba un golpe de mano dirigido por hombres como Mario García Menocal y Carlo Mendieta. Pedro Betancourt estaba entre los desafectos, pero desde una posición menos comprometida.

En 1931 ocurrió el levantamiento. Fracasó enseguida. Los líderes fueron a dar a la cárcel. Un grupo de los viejos caudillos se asentó en el exterior y creó un comité revolucionario que pretendió unificar a las fuerzas antimachadistas. En realidad se había abierto la caja de Pandora. Los fracasos de Río Verde y Gibara hicieron que las nuevas generaciones tomaran la iniciativa. Su método era completamente distinto. Se basaba en el terrorismo y la lucha encubierta. El país descendió en una espiral de caos sin parangón.

En medio de todo esto, el viejo Betancourt, enfermo y asqueado de la situación, siguió activo a su manera. Participó en algunos esfuerzos de mediación entre la oposición tradicional y los machadista. La intransigencia gubernamental fue siempre un obstáculo infranqueable en este sentido. Al mismo tiempo que mediaba, sin embargo, también conspiraba. Conspiraba junto a su antiguo colega de conspiraciones, Juan Gualberto Gómez. El gobierno estaba al tanto y acabó por pasar de la amenaza a la acción y decretó la prisión para el viejo luchador. Como su salud estaba tan deteriorada, se ordenó la reclusión en su domicilio.

El 19 de mayo de 1933 moriría Pedro Betancourt Dávalos. No llegaría a ver el final del machadato que estaba distante sólo a tres meses en el futuro. Dejaba un país en ruinas, sumido en el caos y la violencia. Sus últimas reflexiones sobre el destino de la patria por la que alguna vez arriesgara la vida debe haber sido muy oscuras. La aversión a Machado se la llevó a la tumba. Renunció a los honores que le correspondían en sus funerales como mayor general del Ejército Libertador. La familia cumplió con su última voluntad en este sentido. A las honras fúnebres, no obstante, asistió una concurrencia numerosísima. José Manuel Carbonell pronunció en la despedida de duelo estas palabras que definieron la tristeza de sus últimos años:

Sin perder la fe, y animado siempre por la esperanza, vivía como cautivo del antiguo ideal soñando con la libertad.

 

 

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