Juan Gualberto Gómez.

El 5 de marzo de 1933 murió en La Habana Juan Gualberto Gómez. Había sido una de las figuras políticas más influyentes de la República. Nunca aspiró directamente a la primera magistratura del Estado, pero fue determinante en la elección de, al menos, un presidente. A pesar de que en esta fecha se conmemora su muerte, es la primera del año calendario en la que hablaremos de él. Por eso en estas páginas presentaremos el período de su vida transcurrido antes de la Constituyente de 1900 a la que fue delegado. Es, curiosamente, el tramo de su biografía con el que están más familiarizados los cubanos de ahora.

Ocurre que hoy se le recuerda, sobre todo, por su relación con José Martí. Fue el hombre que transmitió la orden de alzamiento del ‘95, el representante personal del delegado del Partido Revolucionario Cubano, Martí, en Cuba. Se puede afirmar, incluso, que estaba prácticamente al frente de las labores conspirativas en la isla. Pero Juan Gualberto es más que este instante y su relevancia va mucho más allá de ese período. Sobre eso hablaremos el 12 de julio, cuando conmemoremos su nacimiento. Ahora sólo vamos a hablar, repito, acerca de su trayectoria personal anterior a la Constituyente, que no es poca cosa. No debemos olvidar, sin embargo, que su vida posterior está unida al destino de una República en cuyas fechas neurálgicas estuvo presente mientras vivió.

Los años formativos

Es difícil encontrar otro miembro de la Convención de 1900 con orígenes más humildes que los de Juan Gualberto Gómez y Ferrer. Ni siquiera Martín Morúa, el otro delegado “de color”, como se decía entonces, tuvo orígenes tan humildes. Juan Gualberto fue hijo de esclavos. Nació en una localidad llamada Sabanilla del Encomendador, perteneciente al municipio Unión de Reyes, en la que sería la provincia de Matanzas. Por esa zona también nació otro delegado a la Constituyente, Pedro Betancourt, con quien Juan Gualberto se involucraría en labores conspirativas años después.

Nació Juan Gualberto el 12 de julio de 1854. Se dice que sus padres, Serafina y Fermín, eran esclavos domésticos, que compraron la libertad del niño cuando estaba en el vientre de su madre. La propietaria, Catalina Gómez, también tendría un rol muy importante en la vida del futuro constituyente. El pequeño tuvo la posibilidad de aprender a leer y escribir. Al cumplir los 10 años fue enviado a estudiar en un colegio para niños negros y mestizos de La Habana, “Nuestra Señora de los Desamparados”. Antonio Medina Céspedes era su director. Fue conocido como el José de la Luz y Caballero de la “raza negra”. Seguía las técnicas pedagógicas del director de “El Salvador” y quizá era el mejor colegio al que podían aspirar entonces los negros y mestizos cubanos.

En enero de 1869 tuvo lugar en La Habana un suceso que cambiaría la vida del adolescente Juan Gualberto. Los sucesos del Teatro Villanueva. En una representación teatral hubo manifestaciones por parte del público favorables al independentismo cubano, las cuales provocaron una reacción brutal de los voluntarios españoles. La represión fue bastante violenta. Hubo como mínimo tres muertos y varios heridos, más otras arbitrariedades que se extendieron por varios días en La Habana. Juan Gualberto se encontraba en el teatro en el momento en el que ocurrieron los hechos. Escapó ileso, pero fue testigo presencial de aquellos incidentes.

Los sucesos del Villanueva lo impactaron, además, de un modo muy personal. Catalina Gómez, viendo lo peligrosa que se iba tornando la situación, propuso a los padres de Juan Gualberto que lo enviaran a estudiar a Francia. Les prometió que los llevaría en sus vacaciones a visitar al hijo y que los ayudaría en parte con los gastos para sostenerlo en París. Así, en mayo de ese año de 1869 Juan Gualberto se embarcó rumbo a Europa. Allá comenzó a estudiar francés, lo aprendió bastante bien. Era un joven inteligente y despierto al cual entusiasmaban los retos intelectuales. Los estudios a los que se dedicó eran, sin embargo, de carruajería. Esta era una de las profesiones más respetables a las que podía aspirar un trabajador manual negro en Cuba.

En París ingresó en la fábrica del famoso carruajero Henry Binder, una de las mejores de Francia. Cuando, al cabo de un tiempo, los padres de Juan Gualberto viajan a visitarlo, Binder les hace una observación importante. El hijo tenía disposiciones intelectuales muy notables. Para el maestro casi era un desperdicio que se dedicara a un trabajo manual teniendo dotes superiores para otro tipo de actividades. Los padres, una vez más, siguieron el consejo y se dispusieron a matricularlo en una escuela preparatoria de ingeniería.

La vocación

La vida en París se vio perturbada por los sucesos de la Guerra Franco-Prusiana y la insurrección de la Comuna. Acontecimientos todos de los que fue testigo directo el joven Juan Gualberto. Al volver a la normalidad la vida en la capital francesa, matriculó en la Escuela Politécnica. Permaneció ahí durante dos o tres años, hasta donde le permitieron sus menguantes recursos.

En 1872 ocurrió otro evento significativo en su vida. Llegaron a París Francisco Vicente Aguilera y Manuel de Quesada. Estas célebres figuras del movimiento independentista cubano venían con la misión de recolectar fondos para la causa. Necesitaban un traductor y tuvieron uno muy valioso en Juan Gualberto. Tanto Aguilera como Quesada eran amigos cercanos del entonces presidente de la República en Armas, Carlos Manuel de Céspedes. Quesada era hermano de Ana, la esposa del Padre de la Patria, y había sido el primer general en jefe del Ejército Libertador. Aguilera, antes del Grito de Yara, estuvo al frente de la conspiración que se fraguaba contra España. Este contacto cercano de Gómez con figuras tan insignes del independentismo sirvió como catalizador de sus experiencias pasadas para hacerlo afecto a la causa.

En 1874 su vida tomó otro giro inesperado. Le notificaron que la familia no podría seguir pagando sus estudios, por lo que debería regresar a Cuba. Juan Gualberto, sin embargo, no sentía que hubiera agotado su experiencia parisina. Volver a La Habana sería ominoso para un joven de ideas independentistas. Unirse a la sublevación, una quimera. Desde la capital de la isla, imposible. Desde el extranjero, cada vez más difícil debido a la ineficacia del movimiento expedicionario que debía promover la emigración.

Para sostenerse en París, Juan Gualberto comenzó a buscar empleos de cualquier índole. En ocasiones se contrató en casas de comercio y luego como reportero de diversos periódicos. Llegó a ser auxiliar de correspondencia de publicaciones de Bélgica y Suiza. En 1875 consiguió trabajo como periodista en una revista teatral francesa. Con 21 años comenzaba a trabajar desde los cimientos la que sería una brillante carrera literaria en la prensa.

El regreso

Por fin, en 1877 decidió que era la hora de regresar a Cuba. Una vez en la isla ocurrió lo que se había previsto desde antes. No encaja en el ambiente, la guerra todavía estaba en curso, los ánimos seguían caldeados. Muy pronto encontró un pretexto para viajar a México junto al famoso violinista cubano, Claudio Brindis de Sala. El conocido entonces como “Paganini Negro”, se proponía dar conciertos en la capital de ese país y Juan Gualberto lo acompaña como su empresario.

En México conocería a una persona muy importante en su vida, Nicolás de Azcárate. Este era un distinguido jurista y periodista cubano. Siendo nieto de un reconocido traficante de esclavos se había convertido en uno de los más importantes abolicionistas de España y sus dominios. Al conocerse, Azcárate ya era un hombre de casi 50 años y en la cumbre de su fama. Había sido parte del movimiento reformista. Fue colega de José Antonio Saco, electo a las juntas de información que tuvieron lugar a mediados de la década del 60 del siglo XIX. Las mismas que pretendían trabajar en la elaboración de leyes especiales para Cuba, tal y como ansiaban los reformistas. Sabemos que esas juntas de información fracasaron, que el gobierno español no pudo cumplir lo prometido. Sabemos también que ese fracaso contribuyó, en parte, a alimentar el fuego de la revolución independentista que estalló en 1868.

Azcárate, sin embargo, no se unió a este movimiento. Siguió siendo leal a España, pero sin dejar de ser incómodo para su gobierno y el de la isla. Por eso en 1875 se había visto obligado a exiliarse en México. Ahí trabó amistad con el joven Juan Gualberto Gómez y ahí los sorprendió el fin de la guerra que les permitió regresar a La Habana.

La amistad de Azcárate fue importante para Juan Gualberto por varios motivos más allá del propio valor intrínseco de toda amistad. Uno de ellos fue que, a través de Azcárate, conoció a José Martí. Este también había regresado recientemente a Cuba después de un largo exilio. Era pasante en el bufete de Azcárate, con el cual lo unían lazos de afecto que se irían estrechando con el tiempo. Los jóvenes enseguida se hicieron muy cercanos, sobre todo al descubrir cuánto coincidían en sus ideales políticos. Azcárate fundó, además, el Liceo de Guanabacoa donde Martí y Juan Gualberto se vieron involucrados de manera activa. El Liceo sirvió como trampolín para que ambos se dieran a conocer y estrecharan vínculos con ciertos sectores de la sociedad habanera.

La amistad entre los jóvenes devino pronto en conspiración. Muchas de las relaciones que iban estableciendo tenían el mismo entendimiento de la situación. A lo largo de casi todo el país se conspiraba. La Paz del Zanjón había dejado un sinnúmero de insatisfechos. Veteranos de la Guerra y jóvenes que no habían tenido oportunidad de participar en ella se mezclaban por primera vez en la conjura. Semejante estado de cosas, aunada a la acción de los órganos de vigilancia del Estado, precipitaron un nuevo levantamiento armado. El conocido como “Guerra Chiquita”, que lo fue más por su duración que por su extensión, en tanto involucró ampliar regiones del país.

En La Habana comenzó a organizarse un grupo que pretendía asistir de cualquier modo a los sublevados. Martí había pasado a trabajar en el bufete de Miguel Viondi. Juan Gualberto lo seguía visitando todas las tardes para conferenciar y conspirar. Los diferentes clubes que con este propósito se habían creado en La Habana decidieron crear una Junta centralizadora que aunara los esfuerzos de todos. La Junta, a su vez, decidió crear un Comité cuya presidencia asumió Martí. El entusiasmo aumentó y crecieron los recursos, pero la jugada resultó ser un error táctico fatal. La centralización facilitó la tarea del espionaje gubernamental, que muy pronto tuvo penetrada a la organización. Pocas semanas más tarde cayó prisionero Martí. No pasaría mucho tiempo para que también lo fuera Juan Gualberto.

La detención

Él mismo refirió estos acontecimientos en un artículo publicado en la Revista Bimestre Cubano que reproduciría luego el Diario de la Marina. Cuenta Juan Gualberto que una mañana habían trabajado mucho en el bufete donde tenía su oficina Martí. Como habían quedado muchos temas pendientes, este lo invitó a su casa a almorzar para continuar hablando. Vivía entonces en una casita en la calle Amistad, entre Neptuno y Concordia. Mientras almorzaban llegó un visitante. La esposa de Martí abrió y le dijo en voz alta que se trataba de un señor que había venido a buscarlo antes. Que no tenía prisa y podía esperar a que terminara de almorzar.

Martí dejó el almuerzo de inmediato, fue a la sala por unos instantes y regresó en absoluta calma. Pidió que le trajeran café, entró a su habitación para tomar algunas monedas que tenía en unas gavetas. Conferenció brevemente con la esposa en un tono de voz que Juan Gualberto no pudo oír. Regresó para sorber algunos buches de café y disculparse con su invitado por tener que salir. Al cerrarse la puerta de la calle, la esposa, angustiada y con los ojos llorosos, le comunicó un mensaje que discretamente le había dejado Martí.

El visitante inesperado era un Celador de la policía. “Pepe” le pedía que saliese de inmediato y los siguiera para enterarse de a dónde lo llevaban. Que luego avisara a Nicolás Azcárate. Así lo hizo Juan Gualberto. Primero a pie, luego en carruaje, hasta Empedrado y Monserrate donde se encontraba la jefatura de Policía. Sin perder tiempo, fue a avisar a Azcárate que, gracias a sus influencias, pudo visitar el prisionero. De Azcárate recibió luego unas llaves y el encargo de recoger una maleta en el bufete de Viondi, que debía entregar a Antonio Aguilera. El general Blanco, capitán general en aquel entonces, era partidario de los procedimientos suaves. A los tres días Martí saldría deportado con rumbo a España.

Aguilera fungía como miembro electo de la Diputación Provincial, pero había quedado supliendo a Martí en el grupo conspirador. A las pocas semanas visitó a Juan Gualberto en medio de una noche lluviosa y cubierto con un capote. Estaba convencido de que sería detenido pronto y venía a entregarle el maletín. Contenía papeles importantes relativos a la conspiración que era necesario proteger.

Juan Gualberto aceptó el encargo. Según cuenta él mismo, nunca le faltó gente humilde en la que confiar. Gente que de ningún modo levantaría sospechas en las autoridades. Aguilera, no obstante, fue detenido y deportado y a los pocos días le tocó el turno a él. Un teniente coronel veterano de la Guerra de los Diez Años, uno de los más importantes conspiradores, había sido el traidor. Se había puesto al servicio del gobierno en venganza de lo que había entendido como un desaire de sus compañeros.

El destierro en Ceuta

El Castillo del Hacho, en Ceuta, fue el reclusorio al que enviaron a Juan Gualberto. Rafael María de Labra, el insigne autonomista, por recomendación de Azcárate influyó para que cambiaran la pena a la de confinamiento. Ya no estaría encerrado en el castillo, pero no podría abandonar la ciudad. Labra y Juan Gualberto aún no se conocían, pero poco tiempo después los uniría una gran amistad. Antes, pasaría casi dos años en Ceuta donde podría cultivar el periodismo y fundar una familia.

Restableció o inició colaboraciones con varias publicaciones tanto de la península como de Cuba. En La Habana, además de sus labores conspirativas, había fundado el periódico La Fraternidad y se había ocupado ampliamente de la “cuestión racial”. Asistía a las “Sociedades de color” donde se agrupaban negros y mestizos interesados en hacer avanzar sus preteridos derechos. Impartía conferencias e impulsaba campañas en favor de estas actividades asociativas. Veía en ellas, a diferencia de Martín Morúa, un vehículo adecuado para alcanzar los fines que se proponían. Desde Ceuta, y luego desde la península, consiguió que sus colaboradores reactivaran La Fraternidad para continuar la promoción de estos ideales. En ese contexto también surgió el “Directorio Central” de las Sociedades de color, del cual había sido un promotor incansable.

Durante su estancia en Ceuta también conoció a Manuela Benítez Mariscal, una viuda que tenía cuatro hijos y a la que decidió unir su vida. Manuela había nacido en Cádiz y tenía su misma edad. En ese entonces no se casaron, pero permanecerían unidos hasta la muerte de ella, ocurrida poco más de un año antes que la de él. Otros cuatro hijos nacerían de esa unión, un varón y tres hembras, la más pequeña nacida en el año 1893.

El destierro en Madrid

Otra modificación en su sanción le permitió trasladarse a Madrid en 1882. Ahora estaría sometido, simplemente, a la vigilancia de la autoridad ante la que debería reportarse regularmente. Podría establecerse en cualquier lugar de la península, pero no regresar a Cuba. En Madrid estableció su domicilio y continuó escribiendo y trabajando para la prensa cubana y para la peninsular.

Durante su breve estancia en La Habana había sido redactor de La Discusión, fundado y dirigido entonces por Adolfo Márquez Sterling. Ahora sería corresponsal en el extranjero de La Lucha, la nueva empresa periodística de Márquez. Se dice que sus correspondencias desde el extranjero influyeron en el aumento de circulación y el éxito del periódico. En ellas daba a conocer las “palpitaciones políticas” de los europeos ante el problema cubano.

Su amistad con Labra, y el reconocimiento de su talento, propiciaron que fuera designado jefe de redacción de El Abolicionista. Este era el órgano de la Sociedad Abolicionista que el propio Labra presidía. Luego lo nombraría también jefe de Redacción y, finalmente, director de La Tribuna, diario fundado para propagar las doctrinas liberales y el reformismo colonial. También fue editorialista y cronista parlamentario de El Progreso y El Pueblo, órganos republicanos en el Madrid de la Restauración.

Su actividad como cronista parlamentario constituyó un gran aprendizaje para el futuro. Durante más de seis años asistió a la mayoría de las sesiones del Congreso de los Diputados, el legislativo español. Ahí no sólo se familiarizó con las prácticas parlamentarias, también trabó conocimiento, y a veces amistad, con muchos de los políticos más relevantes del momento. Figuras como Pi y Margall, Salmerón, Maura, Moreno Robledo y Castelar lo conocieron y respetaron. También el histólogo, futuro Premio Nobel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal, estuvo entre sus conocidos. Debe tenerse en cuenta que Juan Gualberto no ocultaba sus inclinaciones separatistas en ningún momento. Eso no era obstáculo para que hubiera respeto y afecto entre figuras con posiciones tan diversas.

Entre sus amigos separatistas en Madrid, contaba con veteranos de la Guerra de los Diez Años como Calixto García y Eusebio Hernández. Estos vínculos serían relevantes en el futuro cercano. En 1890 se le permitiría, por fin, regresar a Cuba. El viejo conspirador no podría dejar de conspirar, pero también manifestaría abiertamente sus ideales.

Otra vez en Cuba

Al establecerse en La Habana con su familia, se consagraría a las dos causas fundamentales de su vida. El independentismo y los derechos de los negros frente a las desigualdades y discriminaciones por motivos de raza serían dos obsesiones paralelas, siempre en armonía. Al frente de La Fraternidad una vez más, comenzó a impulsar campañas en uno y otro sentido. No pasaría mucho tiempo hasta publicar un artículo que causaría revuelo entre las autoridades españolas. Era casi un manifiesto y su contenido puede colegirse del título que llevaba: “Por qué somos separatistas”.

El general Camilo Polavieja lo denunció ante los tribunales. Estuvo en prisión durante ochos meses. La Audiencia de La Habana lo condenó a una sentencia menor, en parte gracias a la brillante defensa de José Antonio González Lanuza. De inmediato presentó un recurso de casación ante el Tribunal Supremo de España en Madrid. Allá defendió su causa el amigo de siempre, Rafael María de Labra. El Tribunal Supremo casó la sentencia. En su fallo determinó que era legal la propaganda del separatismo y no era posible sancionar a quien la produjese. En realidad, todo el proceso había sido una gran apuesta de Juan Gualberto y sus amigos. Estaban convencidos de que las leyes vigentes no permitirían coartar la libertad de expresión al extremo de prohibir la propaganda separatista. Pusieron a prueba el sistema y tuvieron éxito.

En el mismo artículo citado antes y publicado en la Revista Bimestre Cubano explicaba las implicaciones del caso. No sólo se había conseguido ampliar el marco de libertad con que podría contar la prensa. También llamó la atención de Martí en Nueva York, que le escribió para felicitarlo. No habían vuelto a comunicarse prácticamente desde la última que vez que se vieron en persona. Este reencuentro epistolar sería extremadamente significativo para la historia personal de ambos y para la historia del país.

En cuanto a la otra faceta de su activismo, estos años previos a 1895 serían muy fecundos. Llegó a presidir el Directorio Central de las Sociedades de la Raza de Color. En su momento de esplendor esta asociación llegó a integrar más de cien organizaciones a lo largo de la isla. Por su influencia y su presión se logró eliminar la segregación racial en muchos colegios. También se consiguió el derecho de los negros y mestizos a acceder a cualquier nivel educativo. Los matrimonios interraciales fueron, de igual modo, legitimados. Juan Gualberto llegaría a 1895 convertido en uno de los más importantes pensadores y defensores de los derechos de los afrodescendientes en Cuba.

Otra vea conspirando

Pero la lucha por la igualdad de derechos y libertades tenía que acabar pasando por el logro de la independencia política. Hasta donde se había visto, España seguía siendo un obstáculo para la libertad individual y colectiva de los cubanos. La separación era inminente. El fracaso del autonomismo, que no había conseguido siquiera el establecimiento de un sistema electoral justo, llevaría a muchos a la conspiración.

Desde su regreso a Cuba, Juan Gualberto había constatado que siempre había alguien conspirando. Aunque no hubiera un proyecto claro, una organización efectiva, se conspiraba. La actividad de Juan Gualberto no se reducía a La Habana. En Matanzas también tenía numerosos contactos, entre ellos Pedro Betancourt, futuro general y delegado a la Constituyente de 1901.

En este contexto, haber recuperado la comunicación con Martí lo convirtió en el vehículo idóneo para fomentar nuevamente la insurrección. Tras la fundación del Partido Revolucionario Cubano, Juan Gualberto se convirtió en el principal interlocutor de su delegado en la isla. Según cuenta él mismo, se escribían casi con frecuencia semanal. La confianza y el vínculo entre ambos se hizo más fuerte que nunca.

Las cosas fueron tomando forma, los hechos fueron precipitándose, las redes de complotados fueron creciendo. Llegó el momento de dar la orden de alzarse. Juan Gualberto recibió la fecha precisa. Todo estaría listo para el 24 de febrero de 1895. El día 21, quizá en una suerte de despedida, contrajo matrimonio con Manuela, la madre de sus hijos. Dejaba a la más pequeña con menos de dos años cumplidos.

 

Guerra, presidio y representación electiva

En Ibarra, Unión de Reyes, muy cerca de donde nacieron tanto él como Pedro Betancourt, tendría lugar el alzamiento. Betancourt, jefe del movimiento en Matanzas, no llegó a tiempo. Julio Sanguily, jefe superior de toda la acción, había sido detenido en La Habana. Los alzados fueron presa fácil de las autoridades. Algunos serían sometidos a pena de fusilamiento. Otros, como Betancourt y el propio Juan Gualberto, serían deportados. Betancourt a Madrid; Juan Gualberto, una vez más, a Ceuta. La pena impuesta había sido la de 20 años de reclusión por el delito de rebelión. Se dice que le estaban instruyendo una causa más grave en la que le pedían pena de muerte. Se dice que salvó la vida porque poco después fue sustituido el capitán general Calleja por Arsenio Martínez Campos. Este último ordenó el sobreseimiento de la causa y la deportación inmediata.

En Ceuta y otros centros de reclusión pasó los años siguientes. No le cabía esperar ninguna ayuda esta vez. Azcárate había fallecido y Rafael María de Labra, liberal, no tenía las influencias necesarias dentro del gobierno conservador en Madrid. Ahora bien, cuando los liberales volvieron al poder a finales de 1897, decretaron la creación de un régimen autonómico para la isla de Cuba. Los separatistas que cumplían penas de privación de libertad en España fueron liberados. Entre ellos, Juan Gualberto Gómez.

Marchó a los Estados Unidos después de pasar un tiempo en París, la ciudad de su juventud. En Nueva York se puso a las órdenes de Tomás Estrada Palma. Durante un tiempo estuvo trabajando para recaudar fondos con que financiar la causa independentista. Sobre todo en la Florida, donde daba discursos y conferencias para levantar los ánimos enfriados por el desgaste del tiempo y la autonomía.

Tras la firma del armisticio del 12 de agosto de 1898, el Gobierno de la República en Armas convocó a elecciones. Sería creada así una Asamblea de Representantes, máximo órgano de la revolución independentista. A las pocas semanas de iniciarse el proceso, Estrada Palma le comunicaría que había sido elegido para integrar esta Asamblea. De hecho, había sido elegido representante de dos Cuerpos de Ejército distintos, el 4to de Las Villas y el 6to de Pinar del Río. A esta última provincia se dirigiría abordando una expedición que lo dejó primero en las cercanías de La Habana. Desde ahí se destinaría junto a los otros delegados del Cuerpo a Santa Cruz del Sur, primera sede de la Asamblea.

La sede del órgano cambió varias veces. Se trasladó primero a Marianao y luego al Cerro, donde estaría hasta su disolución. En otras ocasiones hemos comentado los conflictos que llevaron al fracaso de sus políticas. Juan Gualberto apoyó la estrategia de solicitar el empréstito al gobierno de los Estados Unidos, para obtener de este el reconocimiento de las instituciones revolucionarias. Estrategia que, más allá de su viabilidad, se vio frustrada por la actitud del general en jefe Máximo Gómez. Así que Juan Gualberto también apoyó la destitución de este por haber desobedecido las órdenes de su superior jerárquico, la Asamblea de Representantes. En fin de cuentas, estos acontecimientos provocaron una crisis de legitimidad que llevó a la disolución del último organismo de la Revolución independentista.

Desde antes, se habían ido sucediendo los hechos que llevaron a la fundación del Partido Republicano de La Habana. El primer partido político organizado había sido el Partido Nacional Cubano. Este contaba con el padrinazgo de Máximo Gómez. Los recelosos de la Asamblea de Representantes como Sanguily, Méndez Capote y el propio Juan Gualberto no tenían nada que hacer ahí. Ya desde Santa Cruz del Sur se había hablado de la fundación de un nuevo periódico. Renacería así La Discusión, dirigido por Manuel María Coronado y respaldado por una sociedad entre Coronado, Saturnino Lastra, Sanguily y Juan Gualberto.

El Partido Republicano decidió, además, que tendría como órgano oficial el Patria, que hasta hacía poco había estado dirigido por Enrique José Varona. La nueva dirección estuvo a cargo de Juan Gualberto, quien, al convocarse las elecciones para la Constituyente, integraría la lista republicana en Santiago de Cuba. Como delegado por esta provincia acudiría a las sesiones del Teatro Martí para ser una de las figuras más destacadas de la Convención. Sobre las peripecias posteriores de su vida, tan numerosas y significativas como las anteriores, estaremos hablando en otro momento.

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