
Al responder a una urgencia propia de la época, la empírica planificación del Cementerio General de Camagüey no tomó en cuenta las pautas demográficas ni el acelerado crecimiento citadino que debían valerse de los servicios funerarios, por lo que su necesidad de expansión requirió tres ensanches a lo largo del siglo XIX. Estos estirones son perfectamente visibles en su planta general, y mejor advertido, mientras se recorre, en los saltos estilísticos que se aprecian en sus capillas, esculturas y demás atributos formales. De tal modo que la rudimentaria simplicidad arquitectónica de los inicios, específica de una pequeña ciudad provinciana, dan paso con estos escalonamientos fronterizos a un mayor refinamiento factual de las sucesivas tendencias constructivas decimonónicas, como el neoclasicismo, neorrománico y neogótico, hasta llegar al eclecticismo, acusado este último en el cruce de los siglos XIX y XX; todo ello, acompañando el estatus de una ciudad que experimentaba una marcada evolución socioeconómica. Tan refinado progreso se hace patente, para un observador medianamente instruido, en la Calle de los Ángeles.

Avanzado el tiempo, el siglo republicano explotó el Art Decó como solución estética predominante, derivando a lo largo del segundo tramo secular —salvo cuidadas excepciones— hacia un descuido formal; de ahí que la armonía y respeto por los patrones arquitectónicos de cualquier signo comiencen a sufrir un ostensible menoscabo. Esto se debió, en gran medida, a la insuficiente asistencia especializada, para delegar todo el peso de las ejecuciones privadas en albañiles de oficio, saltándose así la concepción de un diseño afín con el entorno ya construido, con toda probabilidad, por razones económicas de muchas de las familias usufructuarias de terrenos.

Mientras nos aproximamos en el tiempo, este fenómeno se hace aún más ostensible, aplicando a soluciones venidas a menos. Comienzan a ser frecuentes el empleo de alternativas poco sugestivas visualmente, como el uso de enchapes cerámicos para baños y cocinas, u otros procedimientos transferidos arbitrariamente al arte funerario. Lo mismo ocurre con los motivos “ornamentales”, iconografías rayanas con el kitsch del peor gusto. Ello, luego está, responde a las limitaciones materiales y de orientación referidas, constituyendo violaciones de pautas físico-espaciales derivadas del descuido e incompetencia de las sucesivas administraciones durante el último medio siglo.

Otro motivo que degrada la coherencia paisajística del cementerio, resulta de sus restricciones limítrofes, auspiciando un hacinamiento en los tramos más recientes, cuando el cerco urbano hace imposible otro crecimiento territorial como el ocurrido en el siglo XIX. Según la arquitecta Adela García, en este sentido merece particular salvedad el Panteón de los Caídos por la Defensa, que sí garantizó esmerado cuidado en su ejecución y preservación, por tratarse de un lote y contenido de preferencia oficial.

Entre la vastedad de restos que aquí descansan, contando cada uno desde la domesticidad de sus epitafios un fracción de la historia local, se encuentran sepultos los de Dolores Rondón, cuyo mito grabado en mármol ha desatado las más legendarias especulaciones, todas referidas a la transitoriedad de la vida, a las glorias y decadencias de las veleidades humanas; los del prócer Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño; Joaquín de Agüero; el trovador Miguel Escalona; el corredor de motos José Luis, El Diablo Moreno; o el pelotero Miguel Caldés.

También se sostiene que, en 1873, en el tercer segmento de su ampliación, la necrópolis fue testigo de la quema de los restos de Ignacio Agramonte, circunstancia debatida por la historiografía local y nacional. Con tamaño valor simbólico, sumado a un patrimonio que atesora más de 10 000 monumentos fúnebres inventariados, es sorprendente el pésimo estado en que se encuentra, tema que abordamos parcialmente en la anterior entrega de estas bitácoras.

El desgaste político-económico, manifiesto exponencialmente en las seis décadas recientes, ha arrastrado consigo el semblante social de nuestra memoria histórica, haciendo objetivamente engorrosa la preservación de los valores cívicos y culturales sedimentados a lo largo de medio milenio. Una necrópolis, expresión resumida y última de seculares cadenas generacionales, de acontecimientos y pautas que han marcado hitos en cada época, constituye un legado insoslayable para narrar de un vistazo las ricas páginas de cualquier identidad.
El descuidado escenario del cementerio urbano de Camagüey, descubre a microescala territorial y simbólica el pandemónium que experimenta este archipiélago en todos los órdenes. Sagrarios, panteones, efigies y, esencialmente, los restos humanos en torno a los que gira esta sensible y compleja cultura mortuoria, son blanco sistemático de ultrajes y devastaciones propiciados —en primera instancia— por la degeneración de todas las funciones centralizadas del Estado, que relega los servicios necrológicos a un burdo y negligente trámite conclusivo.
Resulta paradójico que, habiéndose declarado el Casco Histórico de la capital agramontina como Monumento Nacional, y luego Patrimonio de la Humanidad en 2008, la enjundia cultural y alegórica de su necrópolis no esté comprendida en tales denominaciones, con las implicaciones legales y materiales para su elemental conservación. Una herencia histórico-social cargada de tantas peculiaridades, con atributos distintivos del resto de los cementerios patrimoniales cubanos, reclama cuidado, casi en un estertor, frente a su meteórico menoscabo y pérdida de fisionomía.
Fotos: Juan Pablo Estrada.
