
Prácticamente la mitad de las siete villas instauradas en los albores de la colonización insular, quedaron inconformes con su emplazamiento original. Huyendo del fango, los mosquitos y la piratería, algunas de ellas mudaron su localización hacia zonas más amigables, a poco de ser establecidas. Tal es el caso de Camagüey —con récord de desplazamientos— que, fundada el 2 de febrero de 1514 en punta Guincho, al interior de la bahía de Nuevitas, en 1516 cambia su situación para las márgenes del río Caonao, a una distancia nada despreciable de su enclave inicial. Todo parece indicar que los nómadas habitantes no fueron bien recibidos por los pobladores autóctonos durante tal refundación, obligándolos a levantar campamento una segunda vez, y encontrando relativa estabilidad en el cacicazgo de Camagüebax, entre los ríos Tínima y Hatibonico, 14 años después de su primer asentamiento en la costa norte.

Desconozco los pormenores de semejante éxodo, y poco podría especular sobre la suerte de aquellos incipientes colonos, desde que en 1514 el teniente Ovando y sus hombres fundaran la villa de Santa María del Puerto del Príncipe, nombre y datación con que la continuaron refiriendo sus trashumantes pobladores hasta 1898, cuando la ciudad y región comienzan a identificarse oficialmente como Camagüey. En fechas tan tempranas y moviditas como las aludidas, a merced de tantas inclemencias ambientales, más de un obcecado principeño debió perecer en tan noble y esforzado intento de acomodo, recibiendo sepultura en el camino, a falta de un memorable camposanto para tales desenlaces.

Entre la abundante información existente, me he apoyado preferentemente en los criterios académicos de la Master en Conservación y Rehabilitación del Patrimonio Construido, arquitecta Adela García Yero, suficientes para peregrinar con decoro por la historia del Cementerio General de Camagüey, el más antiguo en servicio de la isla —también en brindar prestaciones necrológicas—, superando en fecha al de Colón, en La Habana, fundado en 1872. Como hasta el siglo XVIII los enterramientos en Cuba se efectuaban regularmente en el interior de las iglesias o en terrenos tributarios de las mismas —tradición medieval implantada en América—, habría que comenzar por este precedente.

En el ámbito camagüeyano, estos casos coinciden con las prácticas funerarias de la iglesia de la Merced —que en nuestros días conserva sus catacumbas—, o la Parroquial Mayor, el Convento de San Juan de Dios, las iglesias de la Soledad, Santa Ana y otros espacios dependientes de entidades católicas. En 1790 se inician los trámites para la construcción de un cementerio público en la villa de Puerto Príncipe. Este intento fue promovido por el síndico procurador general, José de Villavicencio Varona, canalizado a través del Ayuntamiento y el Cabildo “para evitar las pestes y otros inconvenientes que resultan de que se hagan enterramientos de los difuntos en las iglesias”, aunque semejante empresa no fructificara en aquel entonces.

En 1803 se reaviva la misión, esta vez a cargo del alcalde ordinario Don Diego del Castillo, alegando las mismas razones de saneamiento que las de Villavicencio, pero las gestiones sufren otro retraso que duraría hasta 1811, para dar comienzo a la construcción del camposanto dos años después. Así habrá sido su empeño, que fue el mismo Don Diego quien lo estrenó con su enterramiento, el 13 de diciembre de 1813, cinco meses antes de iniciar oficialmente las inhumaciones. Su origen está muy ligado a la Parroquia del Cristo del Buen Viaje, identificada coloquialmente como Iglesia del Cristo, en lo que entonces eran las afueras de la villa, y construida en 1792 como auxiliar de la Parroquial Mayor de la Soledad.

Una peculiaridad distintiva, es que el cementerio prácticamente se gestó en el patio de este santuario, por lo que las tumbas de más larga data, en el primer tramo concebido, se corresponden con la tipología de panteones encriptados, tanto a las paredes del templo como a su muro perimetral. Tal especificidad, derivada de la rutina mortuoria en las iglesias, para convertirse con su adecuación y discreta expansión en Cementerio General, lo escindió de la institución católica, cobrando así carácter administrativo y público al margen de la misma. En una comarca con tan arraigado espíritu devocional, similar partición generó algunas desavenencias entre el patronato eclesiástico y el Ayuntamiento, asperezas que fueron resueltas en las ocupaciones de cada una: lo civil de una parte, y los asuntos del alma por otro.

Pero no podrían vaticinar Villavicencio y Diego del Castillo —ni en su peor diligencia por conseguir la materialización de la necrópolis—, que, 212 años en el futuro, los esfuerzos por colocar su lápida fundacional se verían chapuceramente perjudicados. Una epidemia de abandono y vandalismo recorre en la actualidad las estrechas callejuelas del camposanto. El deterioro generalizado es tan brutal, que, más allá de la preservación de los bienes patrimoniales que lo enriquecen, se ha convertido en una seria amenaza sanitaria para los barrios adyacentes y el resto de la ciudad. Las incidencias de esta desastrosa circunstancia alcanzan todos los talantes en que se pueda manifestar, desde la profanación de féretros y la sustracción de restos humanos, hasta la mutilación de capillas, lápidas, estatuas y otros accesorios funerarios, todo ello objeto de robo. Su recinto sagrado ha devenido en campo de batalla y desolación, en escenario de confrontación sincrético-religiosa, evidenciado en la nauseabunda profusión de restos de animales sacrificiales. De jardín sepulcral destinado al reposo eterno, el Cementerio del Cristo, también así conocido, ha llegado a nuestros días como la aciaga expresión de un dantesco inframundo.
Fotos: Juan Pablo Estrada.
