
Identificar determinados elementos del entorno físico con el nombre de la nación que los delimita, es la cosa más recurrente del mundo. Tal concentricidad etimológica no es una insinuación tautológica, sino un destello de exaltación identitaria. En Cuba tenemos calles, plazas, parques, distritos y una cueva y un pico con el nombre del país, que es igualmente el de la mayor isla del archipiélago que abarca. Pero también es el nombre de un cine…, o tal vez sea más exacto decir, de un cinecito, de un pequeño cine de barrio. Desafortunadamente, como la de la mayor porción terrestre del Caribe insular, la suerte de esta sala de proyecciones ha navegado con muy poca gracia por las procelosas aguas que desembocan en el naufragio.

En una ciudad con cines bautizados como Esmeralda, Nueva Inglaterra, Montecarlo, Mónaco, Royal o Majestic, procuraron que el Cuba sólo coexistiera con ellos si exhibía películas de segunda mano, reposiciones de lo que se mostraba en las grandes salas con uno o dos meses de atraso. Para colmo de arrastres históricos, fue concebido e inaugurado con el nombre de Colonial, que figura como altorrelieve incrustado en el frontón del edificio —una mayor perturbación de su lectura contextual, la sugiere el hecho de que ambos apelativos compartan espacio en la fachada del inmueble—. A pesar de la evidencia, con bombo y platillo, su portada arrostra una de las avenidas más concurridas de la capital, aunque siempre se comportara como un cine de barrio. El simbolismo no puede ser más elocuente, para una nación que, en sus pocas décadas republicanas, lastrada por un dilatado antecedente colonial, intentaba alcanzar por imitación el altisonante glamour de las grandes metrópolis.

Proyectado en 1938 por el arquitecto Francisco Valliciergo, su fachada original fue delineada siguiendo los patrones del art decó en boga por aquel entonces. Sin embargo, una tendencia contrapuesta optó por una solución neocolonial, revival de cierto espíritu temeroso de la modernidad en el ámbito local; infundada cautela que desterraron con posterioridad los arquitectos de los años 50, al fusionar el racionalismo estructural con esencias vernáculas. En ese molde formal que apelaba a la impronta hispánica para los edificios públicos, específicamente de los cines, también se encontraba el Habana, en la Plaza Vieja del Centro Histórico —quizás mejor justificado en su inspiración dieciochesca—; o el Martha, en la Calzada de 10 de Octubre. El lote escogido para la construcción del Colonial-Cuba, a su favor, era más flexible en la exploración de otras líneas estilísticas, pues su emplazamiento en la Avenida Reina, entre Campanario y Lealtad, era un muestrario evolutivo de cuanta tendencia arquitectónica existiera hasta ese entonces.

El primer dueño del Cuba fue Dionisio Ruisánchez. Veinte años después, el Gobierno revolucionario se lo apropió, estatizándolo e incorporando las 900 butacas de sus dos niveles a la red de salas cinematográficas de la capital. Hasta los años 80, su taquilla se monetizaba en 0.40 centavos, suma insignificante si se le contrasta con las de las esporádicas y exiguas ofertas culturales de la actualidad. Surgido en pleno auge del séptimo arte, este apretado espacio para el entretenimiento audiovisual experimentó su primer declive en la segunda mitad de los años 50, ya que la súbita irrupción de la televisión en los hogares cubanos significó una rivalidad de consideración. Este fenómeno sociocultural, de acelerada repercusión internacional, sufrió un colapso irreversible en los años 80 y 90, con la explosiva comercialización de los videocasetes, fenómeno que, por razones obvias, no tuvo el mismo impacto en Cuba. En su defecto, una crisis económica arrasadora se ocuparía de darle el tiro de gracia a la mayoría de las salas habaneras y del país.

Tras su clausura, los escenarios cinematográficos más afortunados de la capital fueron redestinados a otros usos, tales como centros de música, danza, salas polivalentes, planetarios o galerías de arte. Pero la inmensa mayoría cayó en el abandono, convirtiendo los locales de los que aun conservaban partes de sus estructuras en cualquier objetivo venido a menos. A día de hoy, Cuba, un humilde cine de barrio, explota sus precarios restos como almacén y taller de carpintería, en condiciones que hacen peligrar el adecuado desarrollo de estas actividades.


Fotos: Juan Pablo Estrada.
