
El totalitarismo reconocía a la Familia un papel formativo fundamental, pues los padres educan a sus hijos desde sus propios patrones morales. Los estímulos que los hombres y jóvenes recitan y los ejemplos que observen en el seno familiar, tendrán una influencia muy importante en la formación de hábitos y actitudes y en su conducta fuera del hogar[1].
Por ello, la Familia era clave para reproducir la “nueva moral” en “nuevas relaciones de igualdad entre hombres y mujeres”. ¿Nuevo valor supremo?: igualdad. No ante la ley, sino social y respecto al varón. ¿Resultado, de facto?: elevar los valores masculinos, o sea, las políticas en torno al hombre eran el referente para la mujer, y si quería ser “libre”, debía ser y hacer lo que un hombre.
Toda la nación, mandaba el PCC, debía “conjugar la lucha por enaltecer a la mujer y por lograr que arraíce en la niñez y en la juventud, en su nueva dimensión proletaria, la tradicional caballerosidad de nuestro pueblo”[2]; y avanzar en la “lucha por vencer los rezagos ideológicos de la vieja sociedad y sus diversas manifestaciones de carácter burgués” y “la batalla contra los prejuicios y rezagos del pasado que dificultan el logro de la plena igualdad social de la mujer”[3].
¿Movía al PCC la plenitud femenina? No, solo utilitarismo: “La creación de las condiciones materiales necesarias que dependen del desarrollo económico se alcanzarán más rápidamente en la medida en que un mayor número de mujeres sumen su aporte al proceso productivo”[4]. Irónicamente, los socialistas, indignados por la “cosificación” capitalista, reducían al individuo a mano de obra.
La organización de la familia tradicional obstaculizaba las quimeras agroindustriales de Castro. Si solo el hombre estaba disponible en el mercado laboral, mientras la mujer enseñaba y cuidaba a los niños en casa, se perdían brazos en las fábricas y milicias —quizá por ello mujeres y niños fueron el foco de la ingeniería social.
Ante el agobio de una vida sin los frutos de la libertad (tiendas con alimentos, electrodomésticos o, siquiera, electricidad), en un sistema tendiente a la servidumbre, el PCC prometía paliar la escasez, “en la medida en que el Estado pueda dedicar recursos al incremento de las instituciones y servicios que den solución a muchos de los problemas de las familias trabajadoras”[5].
En la lógica redistribucionista de la Revolución, estos recursos resultarían del aumento de la producción y la productividad. El planteamiento remitía a un ciclo-chantaje: si las mujeres no trabajaban esforzadamente para el Estado, no habría recursos para que el Estado reinvirtiera en mejorar el nivel de vida de las mujeres.
El régimen reclamó a “todos los que en cada instancia del aparato estatal y político, en todos los lugares del país, formen parte del poder revolucionario” mantener una actitud proactiva “frente a la necesidad de la incorporación y permanencia de la mujer en el trabajo”. En aras de que las manos de todas las mujeres sirvieran a la maquinaria productiva, el PCC reconocía que “el criterio de que el cuidado del niño corresponde exclusivamente a la madre, debe rechazarse”[6]. Urgía sumarlas a organizaciones de masas y “cursos de capacitación y superación con vistas a su incorporación al trabajo”. Y ya en el ejército fabril, el Estado recetaría más labor ideológica, para “ejercer mejor sus derechos y a la vez cumplir sus deberes con la Patria Socialista”[7].
El PCC y su militancia debían
propiciar las condiciones objetivas para la incorporación cada vez mayor de la mujer a la vida económica, social y política, llevar hacia delante y en todos los planos de la vida nacional, el trabajo ideológico encaminado a eliminar los rezagos de la vieja sociedad, haciendo que todo el pueblo participe en esta lucha[8].
¿A qué rezagos se refería? ¿Que eligiera dedicarse al crecimiento espiritual, intelectual y físico de sus hijos en el hogar, antes que trabajar ocho horas por un mísero salario en una fábrica para la casta?
Si la postura conservadora era atacada por todos los frentes, el feminismo fue usado según fue conveniente. Figuras como De Beauvoir y Evelyne Pisier[9], visitaron la isla en los años 1960. El proceso también atrajo simpatías internas. Según estudiosas, las medidas para la participación femenil en la Revolución fueron influidas por demandas sociopolíticas de sufragistas y feministas. Sus reclamos y expectativas laborales, educativas, sanitarias (como la del aborto) se sumaron al proyecto totalitario, porque, creían, había roto “en la vida cotidiana con la hegemonía y la subordinación patriarcales”, apoyando “valores de identidad precedentes a la incorporación de las masas femeninas en la puesta en práctica de las transformaciones y cambios”[10] post-1959.
Para ese año eran visibles tres corrientes: una nacionalista, otra norteamericana feminista y la soviética[11]. El régimen no las identificó como enemigas, pues leyó en cada una de esas facciones elementos más o menos socialistas y un alineamiento contra los conservadores. Elena Mederos, entre las dos primeras corrientes, fue Ministra de Bienestar Social del Gobierno Revolucionario, aunque luego reemplazada por Raquel Pérez, más cercana a la URSS.
La movilización femenil en la Revolución fue, muchas veces, mandato de hombres. En marzo de 1959, Ernesto Che Guevara orientó crear las Brigadas Femeninas Revolucionarias “26 de Julio”, para apoyar proyectos castristas: reforma agraria, de vivienda, alfabetización, etc.[12]
En un esfuerzo propagandístico, varias feministas asistieron al Congreso Latinoamericano de Mujeres en Chile, organizado por la izquierdista Federación Democrática Internacional de Mujeres. Mientras allí hablaban de arcoíris sociales; se guardó silencio ante los juicios sin debido proceso y otras arbitrariedades del régimen. Vilma Espín olvidó la masacre de la Loma de San Juan que su esposo, Raúl Castro, ordenó meses antes del evento. (Aún hoy no pocos románticos circunscriben ese y otros crímenes a un “proyecto patriótico nacionalista de izquierda” depuesto, dicen, en 1961 por otro socialista real).
Le siguió una matrioshka depurativa. Igual que sacaron de la ecuación a feministas liberales como Mederos, las marxistas cooptaron el liderazgo de la futura Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que estudiosas ven como una continuidad del feminismo de la República. Feministas de la época crearon e integraron su primer Comité Nacional[13], y son referidas como “madres” de las castristas Melba Hernández, Celia Sánchez y Vilma Espín, líder de la FMC hasta su muerte en 2007[14]. Las federadas promulgaron políticas públicas nacidas del feminismo[15], en la Familia y la moral.
En octubre de 1962, en el I Congreso de la FMC, Fidel Castro dijo:
Cuando se trata de crear una sociedad distinta, de organizar un mundo mejor para todos los seres humanos, las mujeres tienen intereses muy grandes en ese esfuerzo; porque, entre otras cosas, la mujer constituye un sector que en el mundo capitalista en que vivíamos estaba discriminada. En el mundo que estamos construyendo, es necesario que desaparezca todo vestigio de discriminación en la mujer[16].
Para tan utópico e inexacto fin, la FMC buscó deconstruir la Familia, rompiendo los roles tradicionales entre sexos[17]; Vilma Espín quiso redefinir el Matrimonio en la Constitución del 76, que “pudo haber convertido a Cuba en el primer país del mundo en legalizar” las uniones gais[18].
La “liberación” de la mujer, a ojos totalitarios, pasaba por el concepto de Engels: en el Matrimonio se daba una dinámica opresor-oprimida. (Fiel a distorsionar la naturaleza humana, el socialismo creía la unión nuclear otro espacio de confrontación, en vez de uno de cooperación).
El PCC aplatanó la lógica de Engels así:
[antes de 1959] el porvenir de la mujer trabajadora y las campesinas pobres de la familia trabajadora, en general, no era otro entonces que la miseria, la degradación, la ignorancia y el sufrimiento; para muchas el servicio doméstico o la prostitución; para casi todas, conforme con la mentalidad burguesa dominante, la consideración de figura decorativa y objeto sexual, cuya categoría estaba en relación con la clase social a la que perteneciera[19].
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Partido Comunista de Cuba, Tesis y Resoluciones, 536. ↑
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Ibíd., 547. ↑
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Ibíd., 120-121. ↑
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Ibíd., 573. ↑
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Ibíd., 574-575. ↑
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Ibíd., 578-579. ↑
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Ibíd., 593. ↑
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Ibíd., 564. ↑
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José María Ballester Esquivias, “Sumisa en La Habana, feminista en París, cínica en todas partes”, Diario de Cuba, 13 de marzo de 2021, https://n9.cl/4bec8x. ↑
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María del Mar López‑Cabrales, “La mujer revolucionaria antes de la Revolución cubana: logros y vicisitudes”, Centro Virtual Cervantes, 2011, https://n9.cl/so6k7. ↑
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Gladys Marel García, “La mujer y el movimiento femenino cubano (1952‑1960)”, La Joven Cuba, 26 de octubre de 2020, https://n9.cl/427xs6. ↑
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Ibíd. ↑
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Dixie Edith, “FMC: Un espacio para todas las mujeres”, Cubadebate, 23 de agosto de 2022, https://n9.cl/bxae7b. ↑
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López‑Cabrales, “La mujer revolucionaria antes de la Revolución cubana”. ↑
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Marel García, “La mujer y el movimiento femenino cubano (1952-1960)”. ↑
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Fidel Castro Ruz, “Discurso pronunciado en la clausura del I Congreso Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC)”, La Habana, 1 de octubre de 1962. ↑
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Vilma Espín, Trabajo político-ideológico con la mujer y el rol de la familia en la educación de los hijos (La Habana: folleto, 1972). ↑
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Mariela Castro, en declaraciones para la Agencia Cubana de Noticias en 2018. ↑
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Partido Comunista de Cuba, Tesis y Resoluciones, 564-565. ↑
