
La poesía cubana del siglo XX comienza, como es conocido, con Regino Boti, José Manuel Poveda y Agustín Acosta. Sus respectivos poemarios Arabescos mentales (1913), Versos Precursores (1917) y Ala (1915), sacudieron la miseria de la literatura de la recién inaugurada república con una renovación del modernismo de Julián del Casal, aunque ya Poveda estuviese programáticamente contra ese movimiento y previera el despertar de otra modernidad. El valor de estos tres autores como refrescadores de la expresión literaria nacional es bien conocido y no se discute. Pero no tiene igual reconocimiento, y tal vez ni siquiera conocimiento a secas, el hecho de que estos tres escritores exquisitos, educados por el individualismo extremo y el apoliticismo de la torre de marfil, fueron, y de qué contemporánea manera, hombres cívicos, patriotas en actos y políticos.
Hay una costumbre de entender la literatura y la historia en Cuba en la que los hechos no cuentan. Cuando un dato no encaja en la perspectiva ideológica del comentarista, es eliminado; y cada cierto tiempo se pone de moda alguna nueva y cómoda visión de un autor y un suceso, según convenga. Ahora padecemos, por ejemplo, un Cintio Vitier comunista, y un Lezama contrarrevolucionario, adorablemente fantásticos. A Boti se le encarceló en el presupuesto de que había renunciado a la literatura, como el delicado que era, ante la vulgaridad de la vida republicana. ¿Había renunciado a escribir, o a publicar? Se dice que los poemas inéditos de Boti son cuantiosos… Pero si el poeta dejó de tener una presencia pública, persistió la del intelectual: Boti ingresó en la Academia de Historia, puesto que era el historiador de Guantánamo: cuánto patriotismo, cuánto respeto por el heimat, como dicen los alemanes, por el terruño, diferente pero no incompatible con el vaterland, la patria. Y, claro, hemos olvidado que Boti fue el presidente del Partido Conservador en Guantánamo… y que hizo campaña como candidato. Luego, en efecto, se apartó de la política. Apartarse de la política puede ser una muy buena señal política, para los políticos y para el pueblo. Pero aun cuando su renunciamiento no fuera defendible, no puede eliminarse el valor de esa apuesta de juventud del joven mulato guantanamero, amante de su terruño, fiel en fin de cuentas a la buena posición de su familia, que quizás le inclinaba a identificarse con los conservadores. El Partido Conservador en Cuba era tan liberal que tenía líderes mulatos, y el presidente, Enrique José Varona, era ateo. Los criterios con los que Boti hizo política conservadora son desconocidos para mí. Y se sobran las razones para que sigan ocultos.
No es el caso de José Manuel Poveda, a mi juicio un escritor mayor que tenemos relegado a la idiotez de no leerlo. Hijo de un mambí que fue electo representante a la primera Cámara republicana, era liberal por familia y por naturaleza. Diez años más joven que Boti, fue ardoroso en la defensa de los principios liberales, incluso de algunas figuras de ese bando político, verbigracia el general Asbert, gobernador de La Habana. Es posible que la ingenuidad juvenil le haya confundido más de una vez, y que al perderla se apartara de la política viva. Pero no conozco un solo autor cubano de la época que tuviera una comprensión tan profunda de la realidad nacional como este mulato de menos de treinta años, cuyo caudaloso periodismo, que yo no puedo alardear de conocer en su extensión, guarda joyas de pensamiento que todavía hoy pueden orientarnos. Lo entendía todo, quiero decir que padecía con lucidez todo lo que seguimos padeciendo, y luchó cuanto pudo por mejorarnos, con el recurso de la palabra, que era lo suyo. Los liberales no le escucharon y los conservadores decidieron meterle una cuchillada en una calle de La Habana, encarcelarlo, amenazarlo con encarcelarlo otra vez, desprestigiarlo. Dicen que murió de drogas, pero el desmayo que le hizo caer en plena calle cuando lo llevaban como acusado a un tribunal me hace pensar que este hombre pudiera haber sido un hipertenso grave, una enfermedad que entonces no sólo no tenía tratamiento sino que ni siquiera se le identificaba como tal, y que la persecución a que fue sometido y las demás presiones que debió soportar como hombre sensible e íntegro, aceleraron su muerte, a los 38 años, en 1926. Con él perdíamos no sólo al mayor escritor del país por entonces, sino a un hombre que pudo ser clave en la lucha para evitar o superar la dictadura de Machado, decadencia del liberalismo mambí. La generación del 27 creó el mito de un Poveda escondido y mudo. Con todo lo que había escrito y hecho, podía darse ese lujo. Pero estamos lejos de intentar conocer el mensaje de este pensador, de este poeta político iluminado y nobilísimo.
Mejor suerte, en apariencia, tuvo el benjamín Agustín Acosta. Dos años más joven que Poveda, de no haber publicado Ala en 1913, habría que considerarlo un miembro de la generación del 27. De educación católica, fue siempre creyente, a diferencia de sus dos colegas explícitamente anticristianos; como Poveda, fue liberal de pensamiento y en su juventud estuvo cerca de ese partido, por su amistad con Carlos Mendieta, hasta que se decidió a formar el propio, Acción Nacionalista, en 1924. En 1926 publicó La zafra, importante libro de poesía social saludado por todos. En 1927 firma la declaración del Grupo Minorista, y lo encarcelan. En 1931 le escribe una carta pública a Machado pidiéndole la renuncia y vuelven a encarcelarlo. A la caída del dictador es nombrado gobernador de su natal Matanzas. En 1934 es secretario del presidente Mendieta y le estallan una bomba en el portal de su casa. Se convierte en senador y comienza a recibir homenajes que culminarán con la decisión de la Cámara de Representantes de 1955 de proclamarlo Poeta Nacional de Cuba. Acosta había combatido a Batista, pero aceptó este título probablemente porque creía la verdad: que su poesía estaba por encima de la circunstancia. Los guerrilleros no fueron tan verdaderos. Cuando Nicolás Guillén, sin cámara alguna, fue proclamado nuevo Poeta Nacional en 1961, no sólo se le destituía groseramente (el título valía mucho para él, aunque fuera más bien ridículo), sino que se le ajustaba cuentas (imaginarias). Acosta vivió sus últimos años en el ostracismo matancero hasta que pudo escapar a Miami, después de escribirle a Guillén para que lo ayudara. El gran poeta político moría en el exilio.
Estos hechos prueban que nuestra poesía comenzó su etapa republicana con la coincidencia feliz de la altura intelectual, la calidad literaria y la vocación cívica. Para ninguno de estos autores fue fácil mantener esa integridad. Dieron la batalla incluso desde sus provincias, desechando la vitrina habanera. Para la política fueron inútiles, pero no por culpa de ellos. No puede afirmarse que la obra de ninguno fuera estropeada por el civismo. Se apartaron de la mala política y procuraron expresarse con la mejor condición posible, o se callaron dignamente. Eran hombres libres, a quienes la incipiente democracia criolla, que criticaron acerbamente porque la querían entera, les permitió ejercer la cívica e incluso la política, o dejar de hacerlo, no sin dolor ni riesgos pero siempre con decoro personal y el respeto o la admiración de la opinión pública. Ellos, los demócratas inspirados por Martí, nacionalistas estrictos y ausentes de contaminaciones totalitarias, y no la generación del 27, iniciaron el intenso activismo cívico de los escritores cubanos de la República, y nos dan ahora una majestuosa lección que debiera ser asimilada por los jóvenes, y por los mayorcitos de la UNEAC, que militan ahí y juran ser apolíticos, y musitan que lo de Ángel Santiesteban fue un crimen, sumergidos en el jacuzzi de marfil pagado por el pueblo o por los exiliados. Creen que van a ser perdonados como los intelectuales de Franco, olvidando que Eugenio D´Ors era un católico franquista de corazón, en una guerra en que las monjas eran violadas y asesinadas por el bando opuesto, mientras que la mayoría de los uneaces están mintiendo. Puede que se salve lo que escriben, para lectores que no tendrán que soportarles la hipocresía, pero yo estaré siempre con Poveda o con Acosta sufriendo la presión o la prisión del autócrata y no padeciendo el buen desastre de esos eternos y sangrientos vencedores en el que se escucha, como lo denunció el mulato, el choque de veinte mil frentes sobre el suelo.
