Ángulo del Fénix, en la confluencia de Belascoaín y Concordia. A simple vista, el panorama es poco amigable para la nostalgia.

A punto de arribar a sus cien años de obstinación —proeza loable en La Habana del último lustro—, un edificio concebido como hospedaje parece desconocer que tiene franquicia mitológica para renacer. Tal vez por eso resiste. Erigido en lo que alguna vez fuera una plaza de toros durante el siglo XIX, en la esquina de Belascoaín y Concordia, vio la luz —según referencia Ruslán Olivares, colaborador de la página de Facebook Fotos de La Habana— como “hotel familiar (un eslabón intermedio entre una casa de huéspedes y un hotel). Estas categorías estaban bien definidas en la República, pues cada una tenía un reglamento y forma diferenciada de tributar al erario público”.

Fachada y techo del extinto restaurante Madrid, en la misma esquina del edificio.

 

Bautizado con el prometedor apelativo de Fénix, su proyecto estuvo a cargo del arquitecto Manuel Llerena García, por encargo de la marquesa de Villalta, María Josefa Baldasano y Cortada, y su construcción se ejecutó entre 1926-27. A inicios de 1928 comenzó a brindar servicios de alojamiento en sus pisos altos, contando con 100 habitaciones dotadas de baños privados y agua fría y caliente. En los bajos quedaba instalado un café-restaurante perteneciente a la empresa Puente y Vázquez, que avivadamente se convirtió en el principal atractor de los asiduos al popular frontón de Jai Alai, ubicado a una cuadra de allí, en Concordia y Lucena. Sin embargo, poco duraría la jubilosa celebridad del establecimiento, al ser escenario de un hecho de sangre, a escasos meses de ser inaugurado, en el que fue ultimado Manuel Silva López, alias “Ojitos”, exconcejal del Ayuntamiento de La Habana entre 1921 y 1923.

Acceso y recibidor, en el que bien se aprecian las iniciales originales del hostal.

 

La mancha del fluido corporal también empañó la reputación de la estancia, centenares de veces mentada de boca en boca y, luego está, en la prensa de la época. De ahí que el Fénix renaciera del ultraje el 23 de noviembre de 1929, esta vez administrado por los asociados F. Pillado y Co, bajo el nombre de hotel y café-restaurante Madrid, aun cuando sus sellos fundacionales permanecieran a la vista, incrustados en granito sobre el pavimento del portal y el acceso principal, además de en un vitral y en el remate del edificio. Esta segunda vida le garantizó algunas reformas que beneficiaban sus servicios, incluido un ascensor, no obstante contar la edificación con solo tres niveles desde la calle. En su nueva espiral hostelera y gastronómica, el Fénix-Madrid, se aseguró una sostenida clientela, inmersa en el mismo ámbito al que perteneciera el mencionado centro de deporte vasco, y las vecindades de diversas factorías de tabacos, entre las que destacaba la archiconocida Romeo y Julieta, que, aunque fundada en 1870, experimentó su más notable auge a partir de 1903.

Tramo de escalera en el que se distingue la armazón del desaparecido ascensor.

 

Me permito aquí una digresión, para acotar que el inmueble perteneciente a la prestigiosa marca de tabaco no corrió la misma suerte que el Fénix, viniéndose abajo hace dos décadas. Aún recuerdo su esplendor, completando toda una cuadra de Belascoaín, entre Concordia y Virtudes, y que tras su desaparición dejó un enorme vacío a la vera del hospital Ameijeiras, los despojos del frontón de pelota vasca y el hotel Fénix. Algún proyecto quiso retomar su lugar a toda prisa, pero desde hace mucho tiempo es solo un inventario de anodinas columnas de hormigón, levantadas como muñones inertes sobre dudosos cimientos. ¿Acaso un embrión arquitectónico devenido en ruina prematura? Tal parece que sí, mientras el Fénix lo contempla con pétreo mutismo a través del imponente basural que ha proliferado en Concordia, como colofón de un rico ecosistema de alimañas y plantas espinosas que pueblan los desgraciados terrenos de la otrora tabaquera.

El pavimento de los corredores evidencia su preservada lozanía, no así los revoques del techo.

 

A pesar de que el hotel se siente los achaques y el proverbial descuido experimentado en el último medio siglo, su estado constructivo puede ser calificado de medianamente regular para los deplorables estándares nacionales. De modo que —intersección común en nuestra historia—, sus habitaciones fueron convertidas en viviendas con posterioridad a 1959, y el restaurante Madrid extendió sus operaciones con relativa calidad hasta comienzos de los ‘90, fecha aciaga en la que se agudizó la crisis sistémica tras el síncope del bloque soviético. El reducto del establecimiento sobrevivió a lo que —casi una jarana— se identificó como Período Especial. Pero las circunstancias nunca fueron las de antaño, haciéndolo declinar hasta su cierre definitivo. Nadie sabe cuánto tiempo más soporten en pie las osamentas del predio, aunque todo parece indicar que a sus piedras le echaron ganas. De su vecino Romeo y Julieta sabemos por dramaturgia que terminó en tragedia irreversible, pero lo del Fénix es otra historia. Lo cierto es que la expectativa por su resurrección podría poner a más de uno en ascuas, al pretender corroborar in situ la validez del mito.

Pasillos aéreos en el patio interior, desde donde se accede a las viviendas del último nivel.

 

Con este recorrido gráfico del suelo al cielo, hacemos una invocación a los espíritus guardianes del cemento y la cabilla, para que intercedan en la prórroga vital del Fénix, que es ya casi un pterodáctilo.

Desde la azotea son visibles el Ameijeiras y las ruinas del frontón de pelota vasca, en ausencia de la factoría de tabacos Romeo y Julieta.

 

 

Fotos: Juan Pablo Estrada.

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