Cuando es más un peligro público que un inmueble funcional, todavía el Palacio cautiva con su porte.

Uno de esos días en que las redes te arrastran de un enlace a otro, descubro en la página de Facebook Cuba Memorias, una publicación del 20 de octubre de 2023 referida al hotel Palacio, un inmueble que pretendía pasar por anónimo entre las arterias más concurridas de la capital. Centenares de veces pasado de largo, mientras se corroe miserablemente bajo el hollín vocinglero de La Habana, su escueta presentación mediática, sin embargo, venía acompañada de sensibles testimonios, como el del usuario Michel Puig Marrero:

Viví y crecí en ese edificio, antiguo hotel Palacio, en el 5to piso, apartamento 504 y 505, al lado de Silva y Emilia. Él trabajaba de lunchero, o en el restaurante Castillo de Farnés. (El edificio) tenía su ascensor con puertas de rejillas metálicas, y para ascender y descender el control era una manigueta que giraba hacia la derecha y hacia la izquierda, acompañado de un tablero de botones que indicaban el piso. Tenía unos 6 o 7 años, y estudiaba en la escuela primaria José Martí, el Ismaelillo, sita en la calle Obispo y Aguacate. (…) Hoy tengo 59 años, y los recuerdos de mi niñez en ese edificio, tan históricamente vívido, son inolvidables.

La vulnerable estructura de los tramos de escalera que quedan en pie, abraza los relictos del ascensor que alguna vez existió en su seno.

 

Más adelante, Raquel Vinat recuerda: “Por donde se ve al señor de camisa blanca (en alusión a una fotografía del Palacio en los años 50) había un pequeño café (Café El Gallo, en los bajos del hotel) con unas sillitas muy bonitas y mesitas de mármol. Muy limpio todo”. Mientras Flora Álvarez apunta: “Al lado estuvo el restaurante La Zaragozana. Una noche cayó un pedazo de ese edificio (el Palacio) para el techo del restaurante y abrió un hueco. Desde entonces no abrió más”. “Lleva años en ruina total”, lamenta Jorge Luis González. Por su parte, Lianet Rodríguez denuncia: “Era un hotel, mi abuelo era uno de los dueños. Fidel lo expropió y lo dejó en la calle”.

Interior de la planta baja, en el que se aprecian los restos de un espacio dedicado a la cocina.

 

Una publicación de Rolando Aniceto, asomada en la página digital del tabloide Tribuna de La Habana, órgano del Comité Provincial del Partido, narra con desbordante júbilo como Fidel Castro y sus acompañantes se hospedaron en la habitación 303 del hotel Palacio, en la madrugada del 9 de enero de 1959. Pocas horas antes, el cabecilla había pronunciado un encendido discurso en el que anticipaba, groso modo, nuestro presente: “… Creo que este es un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía ha sido derrotada, la alegría es inmensa, y sin embargo queda mucho por hacer todavía”.

Vista del local en ruinas que ocupara el Café El Gallo, en los bajos del Palacio.

 

Desde la memoria, atravesando las plataformas virtuales de nuestros días, pareciera que flotan las voces y acontecimientos espectrales de antaño, filtrándose por las apretadas grietas y fisuras del desvencijado inmueble. Torpemente clausurados, los accesos que lo conectan a la calle dejan escapar la cotidianeidad de más de medio siglo atrás: las translúcidas figuras entran y salen del hotel bañado por el sol y el bullicio de la avenida, coexistiendo con un 2026 hediondo y decadente. Una pesadilla.

Toda la angustia del edificio parece destilarse desde este mascarón decorativo.

 

Desde la suspensión fantasmagórica de un plasma inmaterial, la energía pura de quienes transitaron sus estancias y corredores, parece estar al tanto del siniestro desenlace que le depara al Palacio: una fría e imparcial ficha arquitectónica, elaborada y hecha pública por el Plan Maestro de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (www.planmaestro.ohc.cu), ofrece datos estructurales del edificio ubicado en Monserrate No. 359, entre Obrapía y Obispo; inventariado con código SIT-PM: 230401041401, ocupando el 6.33% de la manzana, y un área empleada de 136.09 m2. De estilo Neo-Clásico, 22.50m de altura (7 niveles), 11.30m de fachada y 952.63m2 de superficie construida, su grado de protección es de tipo III.

Contrastante convivencia del otrora Centro Asturiano -hoy Museo de Bellas Artes, a la izquierda de la imagen- antepuesta al desmantelado hotel Palacio.

 

Extrañamente, en el informe se desconoce su fecha exacta de construcción, ocurrida durante la primera mitad del pasado siglo. Tal deducción se deriva de sus componentes estructurales: muros de ladrillo, vigas y columnas metálicas, con cubiertas y entrepisos de viga y losa. Ya cerca del terrible final pormenorizado en la página del dictamen, su estado técnico es valorado de pésimo, para concluir que la propuesta de “acción constructiva” —extraña paradoja constructiva— es la demolición.

Superposición de planos, con el tejado de El Floridita delante, en una perspectiva donde se aprecian los antiguos corredores externos del inmueble caído en desgracia.

 

Puede que el Palacio haya rebasado los 100 años en pie, no lo dudo. Su erección y altura en el entonces skyline de la ciudad antigua, contribuyó a marcar un precedente en la evolución del discreto perfil de La Habana colonial. Otro glamour comenzó a despertar en la capital un ambiente citadino de alto vuelo, ciertamente cosmopolita, y ahí, en ese inadvertido capítulo de su devenir, emergió el Palacio como contribución al lustre que tipificó a La Perla del Caribe en la primera mitad del siglo XX. Pero todo se ha invertido como una gigantesca tortilla espaciotemporal. Un camino en reversa ha echado por tierra aquel esplendor. Los aparecidos de Monserrate No. 359, gente de paso, turistas, comerciantes, vagabundos y, tras estos últimos, necesitados de vivienda, contemplan inertes la etérea pertinacia del vetusto hospedaje.

Fotos: Juan Pablo Estrada

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