
Hay información adicional en el color, detalles que de otro modo escaparían en su ausencia. Sin embargo, cuando el código cromático trasluce dolor, apenas notamos que hay tintes de más en el mensaje.

Corría el año 1860, cuando se inaugura en la entonces periferia habanera —abarcando la manzana que conforman las actuales calles Belascoaín, San Carlos, Estrella y Maloja— un hotel militar y club de oficiales del ejército español. Se trataba de un vasto inmueble de dos niveles y un portal corrido en su frente, a lo largo de Belascoaín. Las exigencias de la contienda independentista, lo convierten a escuela de cadetes de las tropas colonialistas en 1874. Como resultado de la guerra, es transformado en asilo para viudas y huérfanos de los oficiales caídos durante la misma, en 1878. En 1898 radican allí las oficinas del Estado Mayor del ejército interventor estadounidense.

El histórico inmueble sirvió de despacho a Carlos J. Finlay, donde realizó parte considerable de sus investigaciones, al ser nombrado Jefe Superior de Sanidad en 1902. Desde allí debió afrontar la última epidemia de fiebre amarilla registrada en La Habana, en 1905, y erradicada en apenas 3 meses. En 1916, en el patio principal del edificio, se devela un busto en honor del destacado científico, un año después de su muerte. Hasta fecha reciente, en el segundo piso del ISDI existió una tarja conmemorativa a la entrada de la oficina que ocupara en funciones. Para 1913, el establecimiento sirve de sede a la Secretaría de Sanidad y Beneficencia —primer Ministerio de Salud creado durante la república—, devenido en Ministerio de Salubridad y Asistencia Social en 1940, y luego en Ministerio de Salud Pública en 1959.

Su saga al servicio sanitario expiró en 1965, con la reasignación de sus espacios para fines docentes —Escuela Secundaria Básica William Soler, con posterioridad Instituto Preuniversitario Ignacio Agramonte Loynaz, en 1976—; hasta que en 1982 se crea el Instituto Politécnico para el Diseño Industrial (IPDI), precursor inmediato de su nivel de estudio superior (ISDI), fundado en 1984-85. Aunque se le continuó llamando por sus siglas, en 2010 es renombrado Instituto Superior de Diseño. Desde su etapa embrionaria hasta la fecha, egresó a 43 graduaciones de dos especialidades que se fueron deslindando a lo largo de ese tiempo: Diseño Industrial y Diseño de Comunicación visual.

Pero las circunstancias no perdonan. El ininterrumpido margen de explotación durante 165 años, fue minando gradualmente las vetustas estructuras del edificio, con la carga adicional de dos niveles añadidos en el siglo XX —incluido un teatro— para complementar sus diversas funciones. Las inadecuadas prácticas de mantenimiento y restauración en las últimas décadas, se suman a su paulatino quiebre arquitectónico. Hace 11 meses, el 24 de enero del año que termina, el ala más comprometida estructuralmente —hacia la calle San Carlos y parte de Maloja— colapsó en todos sus niveles, dejando expuesto a la vía pública el patio central. El desplome interrumpió la circulación en las calles de marras, obstruyendo el acceso de cuatro familias a sus viviendas. 800 metros cúbicos de escombros debieron ser removidos en aquel entonces. En el trayecto de casi un año se han sucedido derrumbes de diversas magnitudes, llevando a las autoridades competentes a ejecutar demoliciones parciales y selectivas en las áreas de mayor peligro, con la “asistencia” de arriesgados vecinos que, cincel y mandarria en ristre, incursionan en el sitio condenado para extraer y reutilizar material constructivo.

En los últimos cuatro años los estudiantes han recibido clases en locales alternativos, y, desde 2022, toda la institución fue clausurada. A partir de que el dictamen de alto riesgo fue certificado, muchas han sido las propuestas de rehabilitación total o parcial. Pero, como era de esperarse en nuestro desastroso contexto, el acelerado proceso de deterioro llevaba las de ganar frente a tales iniciativas. En abril del año en curso, la sede principal de esta casa de altos estudios se decide trasladar a una edificación en 1ra y 32, en el municipio Playa. Mientras se acondiciona el inmueble, las actividades pedagógicas han continuado en espacios provisionales de la Universidad de La Habana.

El 29 de septiembre de 2025, durante el desalojo del memorable inmueble para su demolición integral —aún con parte de su pertrecho pedagógico existente en los espacios menos comprometidos—, los transeúntes contemplaron con asombro como el fondo documental, que atesoraba los archivos y la biblioteca, era arrojado sin miramientos desde los pisos superiores hacia la calle Estrella, colindante con el parque Carlos Marx. A este último, construido a comienzos de los años 60 en la explanada dejada por la demolición de la fábrica de tabacos H. Upmann, se le sumará en breve otro “vergel” por decantación, cuando sea arrasado el solar que ocupara el ISDI. El desecho del valioso legado teórico de la institución, es equivalente a su demolición, no ya física, en términos arquitectónicos, sino espiritual. Sirva este humilde recuento a pleno color, como humilde homenaje a uno de los enclaves y entidades académicas que más han contribuido a la formación profesional en Cuba en las cuatro décadas recientes.
Fotos: Juan Pablo Estrada.
