Todavía en nuestros días sobrecoge la prestancia del Ritz.

El sistema osteomuscular de un edificio es su estructura, modulada por cimientos, columnas y arquitrabes. Pero, ¿a quién y en función de qué sirve una edificación? En el caso de un inmueble habitacional, pues la razón de su efectividad es el hospedaje. En el centro de esta trama utilitaria —cuando la altura de una torre así lo precise— está el ascensor, ánima de la movilidad vertical en su pétrea anatomía. Aunque el antiguo hotel Ritz soporta con estoicismo su centenario, el andamiaje de su ascensor hace décadas no es otra cosa que una metafísica depresión disfuncional. En torno a su comprometido vacío, la caja de escalera ha quedado a cargo del desplazamiento entre niveles.

La elegancia del inmueble quedó grabada en cada detalle constructivo.

 

El estado de conservación del agujero —donde alguna vez vivió el elevador su aclamada existencia— amenaza con irradiar su deterioro al resto del edificio, y la obligada sobrecarga de la escalera comienza a quebrarse, ramificando grietas y fracturas a su alrededor. Se trata, sin dudas, del comienzo del fin de este monumental predio; una patología que pudiera derruirlo desde su centro hacia afuera. Como suele suceder con todo desplome habanero que se precie de apocalíptico, en el caso del Ritz, este trastorno se prefigura como su atributo más vulnerable.

El gato desafía el vértigo provocado por el foso del ascensor.

 

Inauguraba La Habana sus prósperos años 20, cuando, en su mismo centro, a corta distancia de arterias tan socorridas como Zanja, Malecón, Galiano o Belascoaín, nacía una de las edificaciones más esbeltas e icónicas de su entramado. Ya que Neptuno se contaba entre estas populosas vías, pues fue allí —en la esquina con la calle Perseverancia— donde echó raíces el Ritz. Su solidez constructiva, no obstante, viene acompañada de algunas imprecisiones, tales como su auténtica pertenencia a la estirpe hotelera fundada por el suizo César Ritz, “el hotelero de reyes y el rey de los hoteleros”, como se dio en llamar a este pionero de la hostelería moderna, quien desarrolló su empresa en Europa entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. A juzgar por la flamante ejecución del establecimiento, uno de los más elegantes y confortables de la capital en el primer lustro de los años 20, parecería que sí, aunque se especula que de Ritz sólo tenía el nombre, apropiado para atraer clientes de todo el mundo.

Esto es todo lo que queda del acceso al elevador en la planta principal.

 

La desbordante y corrompida estampida inmobiliaria del gobierno machadista, lo contempló como uno de sus ostentosos enclaves, contando con baños individuales dentro de las habitaciones, que fueron concebidas a modo de apartamentos para largas estadías de sus huéspedes. Los altos puntales que lo elevan al cielo, suman seis pisos a prueba de fuego desde el nivel de la calle, siendo el primero de ellos de uso público para arriendas de negocios y servicios ajenos a la actividad hotelera. La publicidad de la época lo promocionaba por su espectacular gastronomía con Table d’hote y otros servicios, mencionando a Evaristo Fernández —una destacada figura del sector hotelero en aquellos años— como su respetable administrador. Sin embargo, el glamour de la instalación no soportó el embate de la crisis económica del ‘30, derivando al patrón de inquilinato para poder sobrevivir, aun cuando continuó brindando algunas de sus antiguas prestaciones.

Los corredores comienzan a experimentar el paso del tiempo.

 

Con la Ley de Reforma Urbana implementada después de enero del ‘59, los moradores del Ritz pasaron a ser propietarios de sus usufructos, una ganancia que tendría su contraparte en la pérdida del habitual mantenimiento prodigado a la edificación por sus antiguos propietarios. No es necesario hacer un recuento de las limitaciones que en el terreno constructivo y de conservación ha padecido La Habana tradicional en los últimos 60 años, factor que, escalonadamente, como una catarata de infortunios, han precipitado la supervivencia de una de las urbes más boyantes del Caribe, estatus que alcanzó plenamente en la primera mitad del pasado siglo. Dato curioso, también objeto de especulación por diletantes de la cultura: se chismorrea que en el Ritz vivió la popular vedete Juana Bacallao, exponente ella misma de un angustioso tránsito entre las aguas que partieron en dos el devenir de la isla durante la pasada centuria.

La cubierta de la sala de máquinas para la movilidad del ascensor ha desaparecido a consecuencia de la intemperie y el abandono.

 

Ojalá pase algo, no “que te borre de pronto”, claro está, sino que salve físicamente a este y otros inmuebles de ser olvidados por la memoria nacional. Todavía no hay peligro inminente para la estabilidad del imponente Ritz, de modo que puede ser perfectamente rehabilitado para sus actuales inquilinos, atajando a tiempo el vacío en el alma que lo acecha gravemente.

Siete vidas no alcanzan para seguir el curso del espléndido edificio.

 

Fotos: Juan Pablo Estrada

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